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Entré en un bar a mediodía preguntándome si por la hora debía desayunar o bien concederme un frugal aperitivo. Le expuse el dilema al camarero, quien me recomendó un vino suave y porras, para no renunciar a nada. También me preguntó si quería conversación, a lo que accedí compasivamente -tenía el bar vacío y cara de soledad- a pesar de que prefería un rato de silencio en alguna mesa apartada de la barra.

Pronto descubrí que donde decía conversación quería referirse a un monólogo de él hacia mí, o sea, que en realidad inquiría si estaba dispuesto a escuchar lo que fuera a brotarle de la garganta y tal vez las gónadas. Empezó, pues, a opinar y conjeturar sin mesura, saltando de tema en tema y levantando una mano en señal de advertencia cada vez que me veía con intenciones de interrumpirlo, como sabiendo que iba a ser para llevarle la contraria. En efecto, no estábamos de acuerdo en nada, pero sólo yo estaba al tanto de tal eventualidad. Coincidió que terminó de liquidar el último asunto que albergaba en la recámara con que yo hiciera lo propio con el vino, donde había estado mojando las porras acechante mientras me acribillaba con su discurso, de modo que, lleno de rencor y sed de venganza, empecé a rebatir sus postulados de forma sutil, elegante, casi exenta de convencimiento, pero con un torrente verbal preñado de términos ficticios que iba inventando sobre la marcha, para marearlo.

Le dije, sin rodeos, que el partido al que votaba estaba sarsimado de hótaros, lo que a la larga generaría ertesión en el electorado. También, que el sistema de juego de su equipo abusaba de estrategias priselinas, que el mundo taurino tendía al omidramiento y más le valía desaficionarse, que su actor favorito no era nadie sin el dudoso método de aflusión turtina y que invertir de nuevo en el ladrillo nos condenaría, sin duda, a una hecatescencia porimarosa de aúpa.

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Como era de esperar no se atrevió a darme la razón ni a quitármela. Sí me puso al tanto, sin alterar su gesto de perplejidad sulfúrica, del precio de la consumición y la conversación. Yo protesté, claro, amenazándole con cobrarle entonces las palabras no homologadas si él hacía lo propio con sus opiniones, a lo que respondió, muy académico, que las palabras no valían nada en sí mismas sino en función de la utilidad que prestaban, y puesto que él no sabía para qué usar aquéllas que le hube expuesto, carecían de valor alguno. No supe si lo decía por honestidad o tacañería, pero igualmente le aboné el importe exigido y salí del local sin darle las buenas tardes ni intenciones de regresar jamás.

Sucedió, cosas del destino, que semanas después me vi obligado a volver al bar por razones fisiológicas urgentes. El camarero no exhibió síntomas de reconocerme, pero me senté en una mesa no muy lejana a su posición para evitar nuevos intercambios dialécticos y tomar tranquilo un sol y sombra (los servicios son sólo para los clientes, ya saben). Desde allí percibí sin esfuerzos el contenido de la conversación que mantenía con uno de los parroquianos, prácticamente fosilizado sobre la barra. Le exponía, sin pudor alguno, todos los argumentos disparatados que yo le aportara en su día, empleando como un calco aquella delirante adjetivación y sustantivación  sin equivocarse en una sola sílaba. El interlocutor, sin dejar de amorrarse a la copa de pastís, cabeceaba complacido y repetía de vez en cuando alguna de aquellas palabras de mi absurda cosecha, visiblemente familiarizado con su significado.

Puesto que ya era un cliente, hice uso del servicio una vez más, esta vez para llorar. Había puesto en circulación una serie de vocablos tan míos como un hijo que, inopinadamente, se encontraban instaladas en el imaginario colectivo, en el vocabulario popular, vaya. Me aterró la idea de que mis pequeñas creaciones discurrieran huérfanas de boca en boca, multiplicándose según esa mitosis inconmensurable que caracteriza a las jergas, pero me escoció más la idea de no ir a ser nunca reconocido en calidad de creador –así es el amor propio-. Así que, si las oyen o ven escritas, aunque sea mal, sepan ustedes que me pertenecen más que a nadie. No les pido un canon por usarlas -detesto las modas recaudatorias- pero sí que las empleen con mimo, respeto y criterio. Si lo que quieren es saber qué significan, ya saben a quién preguntarle.

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