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Uno se lanza al abismo de la vida sin meditarlo hasta que se encuentra a una edad consciente que reporta oleadas de señales confusas. De pronto tienes más años de los que recuerdas haber soportado, y percibes una acumulación de responsabilidades que, según intuyes, no te llevarán a donde pretendes. Entonces reparas en que nunca has pretendido nada porque no has tenido tiempo, que la ausencia de metas no te atormenta porque ni siquiera has logrado comprender el objetivo del mundo. Sólo sabes que has ido a parar a él porque probablemente no había otro. Observas a los adultos con la extrañeza propia de un último espécimen, calculando de forma arbitraria que si algún día fluctúas lo harás de forma regresiva hasta convertirte en uno de esos seres. Has apreciado que hablan más de lo que piensan y que llegan a perder el pelo debido a una peregrina obsesión por el tiempo. Eso te aterroriza, en buena medida porque no encuentras justificación alguna. Por mucho que intentas argumentar en contra de los postulados impuestos, fracasas; bastante te cuesta mantenerte de pie en un universo que se tambalea y oscila como una peonza de barro. Te hablan de la asfixia sin referirse a ella, no entiendes nada. babia-abismo En todo momento procuras aportar una nota de cordura, pero al ir a manifestarla chocas de frente con los márgenes de un vocabulario que apenas conoces y de ningún modo sabes articular. Y lloras a causa de un instinto que notas cada vez más diluido en tu ser. Sospechas que en cada parpadeo te abandonan un poco más los efectos intangibles con que te sorprendiste a ti mismo en una dimensión absurda, y aun así duermes con intachable abnegación. Te vanaglorias de tu propia torpeza con tal de disimular ante el circo que te engloba que has descubierto el relleno de todo el pastel. Hay algo insólito en cada instante, pero la sensación dura incluso menos que el propio momento, del mismo modo que acusas minusvalías en un sentido de la perspectiva hasta hace poco infalible, lo cual te impide disociar, discernir, distinguir, e incluso disentir, por falta de opciones. Súbitamente todos los caminos se alinean hasta parecer uno, pese a ser varios. No te das cuenta de ello, claro. Encima, asumes la presencia de obstáculos volátiles que inconscientemente dotas de solidez. Te familiarizas pues con los tropiezos, con las pendientes. Hacia arriba son un calvario, hacia abajo una precipitación ineluctable. Un día abres bien los ojos sin reparar en lágrimas que lubriquen el sistema, esa barandilla blanquecina desde la que te asomas al mundo. Te arrugas, porque apenas lo reconoces. No en vano, lo has estado mirando mal durante largos años. Y no comprendes nada. Algo te has perdido por el camino. Te sientas entonces a escribir, bajo un cansancio injustificado: las articulaciones se resienten, los huesos crujen tibiamente, algo indeterminado te invade las cavidades del cuerpo, pero aun así tomas los mandos de tu vida con una convicción dramática, y viertes sobre un papel mojado la tinta seca del pasado, que es lo único que te queda. Caen las líneas unas sobre otras, bajo su propia ley de la gravedad. El peso de tu historia eclosiona, muestra los errores. Decides, en ese rato trascendental, que ya es hora de deshacerte y salvar un muro inexistente. Tu mano sobrevuela entonces la hoja y se posa sobre ella solemnemente, y todo adopta una pureza transparente, virgen, mientras a tu izquierda, desde hace rato, estás mirándote tranquilo bajo la forma infantil que se te otorgó sin consultas previas, asintiendo y consintiendo la maniobra de fuga. Antes de acabar, os reís juntos. En el fondo no os ha salido tan mal lo de vivir.

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