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Bueno, resulta que han inventado un  libro de hoja caduca, o de tinta, más bien, dado que ésta se borra a los dos meses de haber sido impresa. En realidad es un proceso de erosión paulatino, por lo que la legibilidad de la obra seguro queda en entredicho mucho antes, tal vez en lo que dura un ciclo lunar o menstrual. Lo que pretendía el inventor -literalmente- era incentivar el hábito de lectura a partir de la urgencia y la obsesión irracional con la amortización de lo obsolescente. En este punto me pregunto si el creador de dicha tinta efímera es también el autor de la primera narración plasmada con ella, y algo me dice que no. De hecho pongo también en duda que sea siquiera un lector habitual o conozca el modo adecuado de relacionarse con un buen libro. Esta literatura evanescente parece estar dirigida a personas poco proclives a leer, de ésas que necesitan una motivación añadida al margen de la emoción de colonizar un mundo comprimido, quienes por otra parte carecen del ritmo recomendado y nunca llegarían a tiempo al clímax del relato. Este libro caducifolio, o su utilidad, presenta varias lecturas, cuanto menos una doble; uno puede sumergirse en su universo y quizá llegar a la resolución propuesta por el escritor, o bien dejar que la tinta se desvanezca en un desmayo sintáctico con el objeto de tener un par de cientos de páginas en blanco, oportunamente encuadernadas, que ocupen el mismo espacio en la librería sin generar la exigencia de ser consumidas.

La-tinta-de-la-memoria2Tal vez lo interesante de la ocurrencia sea que, final e inopinadamente, el libro se desvela como algo vivo. Todos hemos intentado descubrir esos trazos biológicos en un ejemplar después de sucumbir a una trama demasiado intensa como para no albergar vida. Hemos pegado el oído a la cubierta esperando oír un latido, un pálpito del corazón alfabético que marcaba el ritmo de la narración. Hemos dejado el libro abierto a la intemperie, sobre todo en invierno, con la certeza de que tarde o temprano veríamos brotar una cortinilla de vaho por entre las páginas, a modo de exhalación. Y hemos subrayado una línea con el índice, según la releíamos embelesados, y notado un estremecimiento que no sabíamos si atribuir al libro o a nosotros mismos. Teníamos pues una biblioteca viva, latente, formada por volúmenes imperecederos, un ecosistema literario eterno donde uno podía refugiarse y salir sólo cuando fuera conveniente. Podíamos incluso sellar pactos de sangre con ciertos ejemplares, a veces sin querer, cuando al pasar una página con ansia por ver el contenido de la siguiente nos abríamos una pequeña vía en una yema, y nuestro plasma rubricaba un margen con romántica solemnidad. Yo no me desharé de ti, y tú no te desharás de mí, venía a significar aquello.

Me da pánico que todos los libros acaben siendo como éstos, la verdad. Mientras las obras permanezcan, lo harán sus autores. ¿Habríamos sabido algo de Cervantes, Poe o Kafka si algún erudito hubiera patentado esta tinta infame hace siglos? No era  necesario corromper la literatura con tal de que fuera consumida por quien no se la merece. Los escritores seguirán escribiendo, sean leídos o no, y los lectores seguirán leyendo, a su ritmo, con la certeza de que los volúmenes no perderán ni una línea, de que los personajes no se amotinarán y estarán allí indefectiblemente cada vez que abran las tapas. Han vivificado el libro, sí, pero de una forma tan efímera que lo que en realidad han hecho ha sido condenarlo a muerte. Ya sabíamos los avezados que de una forma u otra era algo provisto de una vida infinita; no necesitábamos la angustia de saber que iba a morir para disfrutarlo más. Si esta moda prospera, se nos llenarán las estanterías de cadáveres, o de ejemplares desmemoriados, no tendremos colecciones sino cementerios literarios, colmenas de libros seniles. Visto así no se trata de una aniquilación, sino de algo peor. Tal como nos sucede a algunos de nosotros, los libros padecerían una suerte de alzhéimer, que constituye la muerte en vida. El cuerpo permanece, perdura más o menos en función de la conservación o la genética, pero la memoria, lo que somos, se va desvaneciendo hasta convertirnos en un bloque de carne y hueso (o tinta y papel) incapaz de recordar lo que fue. Un libro no es un ser humano, cierto, pero llevarlos a ese extremo comparte el mismo grado de horror. Un día vamos a ver a nuestro padre, madre, abuelo o abuela,  y resulta que no nos reconoce, que sólo nos mira con neutralidad y sin intención -nos ve, nada más-, y es incapaz de comunicarse desde ese olvido interno al que se ha visto arrojado. Entonces nos golpea la caducidad de la vida, que ya es bastante atroz como para hacerla extensible a los soportes sobre los que intentamos perpetuarla. Imagínense que le acercamos un álbum de fotos para que rememore el pasado, pero que todas se han ennegrecido porque alguien decidió que las instantáneas debían velarse con los años. Lo mismo supondría hacerlo con los libros. La diferencia es que en ellos, al menos, podríamos escribir algo nuevo sobre las páginas albinas y erosionadas, tal vez mejor que la obra original. Lamentablemente, con los seres queridos esto no funciona. Ni sabemos devolverles los recuerdos ni conocemos el modo de otorgarles unos nuevos. De ser posible, ojalá alguien me proporcione al llegar a viejo todas esas vivencias que no haya podido materializar, por miedo o ignorancia. Mientras tanto, y hasta que se demuestre lo contrario, la tinta de la memoria no será más que lo que nos mantendrá vivos incluso después de muertos, a través de la escritura que hayamos abandonado en el libro en blanco que son quienes dejamos atrás.

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