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El otro día leía -de forma convencional, ahora lo entenderán- acerca de un caso humano prodigioso. Al parecer existe un hombre capaz de abrir un libro y leer dos páginas cualesquiera en un tiempo inconcebible: ocho segundos. Por si esto fuera poco, se entera perfectamente del contenido. Si son ustedes analfabetos, no comprenderán el calibre intelectual de esta proeza (de hecho, si están leyendo esto, más que analfabetos serán unos impostores), pero ya les adelanto que es imponderable para el conocimiento colectivo actual. Y no acaba ahí la cosa, porque resulta que este caballero hace trampas y logra que resulten aún más asombrosas que el suceso en sí: semejante velocidad se debe a que consigue leer una página con cada ojo, de forma autónoma, independiente. Es decir, que si quisiera avanzar por las líneas como todos nosotros, de manera secuencial en lugar de simultánea, seguiría necesitando apenas quince segundos para devorar una página par y otra impar. Una barbaridad, vamos. Lo que asombra a los científicos no es que haya podido desarrollar ese insólito don sino que lo haya logrado a estas alturas, pues al parecer no contaban con que nuestro cerebro pudiese llegar tan pronto a ese nivel  cognitivo. El de este genio es especial, en realidad, pues padece el síndrome de Asperger. O sea, que si antes de nada les cuento que el sujeto es autista, ustedes asumen por inercia que debe de ser más tonto que una persona normal, cuando resulta que nos lleva siglos de evolución.

Nosotros también manejamos el arte de la doble lectura, o de la doble moral, pero de una manera infinitamente más precaria. Si fuésemos capaces de aprender y dominar su técnica alcanzaríamos unas conquistas sociales impensables, y todo gracias a la apreciación simultánea de la realidad. Mirando cada flanco del mundo con un ojo nos daríamos cuenta de muchas cosas, pero sobre todo de lo parecidas que son unas y otras entre sí cuando se las escudriña al unísono. Por ejemplo, si clavásemos el ojo izquierdo en el flanco político homónimo de nuestro sistema, e hiciésemos lo propio con el derecho, sobre el sector diestro, inopinadamente diríamos que se trata de lo mismo, como si hubiéramos centrado la vista al modo tradicional sobre un único asunto. Y parpadearíamos entonces de perplejidad, primero con un ojo y luego con el adlátere, según en qué extremo electoral hubiéramos estado habitando hasta el momento.  Tampoco puedo dejar de pensar en que una persona que aquí sería catalogada de idiota -y marginada por suponer un gasto médico al Estado- sin duda lo haría mejor que los miembros del mismo, autoproclamados eminencias y de quienes dudo horrores estén debidamente alfabetizados. Al menos él demostraría tener  una perspectiva mucho más amplia, más allá del ombligo, vaya. Por mi parte, lamento no ir a vivir lo suficiente como para asistir a este gran salto de nuestra especie, aunque sea reflejado en mis semejantes, y mucho más no poder experimentarlo personalmente, aunque sólo fuera para dar cuenta del doble de libros de los que llegaré a disfrutar. Lo que sí podemos aprender, ustedes y yo, es a comparar cada fragmento de la realidad con su supuesta antítesis, a interpretar y decidir en consecuencia, a dominar la doble cara que siempre tienen las cosas. Deberíamos por lo pronto abrir los ojos y usarlos de forma sincrónica, pues incluso así se alcanzan multitud de conclusiones. Eso y leer más, en fin.

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