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Yo tenía una táctica muy buena para no padecer los enamoramientos mal correspondidos de la niñez. Consistía, básicamente, en invertir el sentimiento, transformarlo en su antítesis radical; el asco. Era un niño muy pragmático, aunque eso no tenía ningún atractivo para las chicas de clase, quienes sólo veían a un chaval más bajito que el resto, y por tanto sin posibilidades. Cuando lo asumí, y sabiendo que evitar enamorarse era una causa perdida, me las arreglé para no sufrir más de lo necesario mediante este ardid. Fui perfeccionando la técnica hasta encontrar el resorte perfecto, el mecanismo capaz de detonar la repugnancia en cuestión de minutos y hacerla perdurar lo suficiente: imaginármelas por dentro.

De este modo, me era imposible conservar hasta el más débil de los paroxismos, toda vez reparaba en que no eran más que un compendio de vísceras, tejidos, sangre y cartílagos, entre otras asquerosidades. Todo atractivo que pudiera haber percibido se disolvía como una pastilla efervescente. Ya no veía una niña mona, o sí, pero pesaban más las náuseas de saber que por dentro albergaba sustancias horribles, humores vomitivos, cuerpos callosos y feos, órganos hediondos y otros tantos asuntos deleznables. Mucho tuvo que ver en esto un torso de plástico que habitaba en el laboratorio de ciencias, y que podíamos despiezar a nuestro antojo para aprender anatomía. A mí me resultaba tan realista que no era capaz de negar el tener ese aspecto más allá de la piel. Aun con todo, disfrutaba manipulando las partes extraíbles del muñeco -como las piezas del sistema digestivo, que me turbaba especialmente- pero porque aquella relación artificial era en el fondo inocua. Al imaginarme haciéndolo con un cuerpo real, practicando aquellas maniobras de casquería, me sentía un psicópata. El maniquí, o como se llame, era una mujer, por cierto.

El problema fue que tanto desengaño amoroso me llevó a abusar de esa técnica de prospección corporal imaginaria, hasta el temido punto de no retorno; llegado un momento, ya no podía ver a ninguna mujer -ni hombre- como lo que aparentaba, sino como lo que escondía. No más curvas, ni tegumentos sugerentes, ni cabelleras de fábula, sólo músculos sanguinolentos, viscosidades intolerables, formas orgánicas detestables, y un largo etcétera. Desde entonces no he sufrido más por amor, pero a cambio he desarrollado una misantropía galopante que me impide poner en marcha cualquier relación humana de corte benigno, incluso conmigo mismo. Según mi psicoanalista, la cosa es grave, pero opina que no debo invertir el proceso, sino continuarlo hasta ir un paso más allá y descubrir la parte amable y positiva que mora en las personas. Sé que tiene razón en sus conjeturas y métodos, pero como le odio con toda mi alma, me empeño en llevarle la contraria, por chinchar. Al final le convenceré de que la belleza interior no existe, que dentro sólo tenemos un montón de porquerías. Que damos asco, vaya.

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3 pensamientos en “La belleza interior

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