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¿Recordáis cuando, de pequeños, se nos entregaba un folio y unas tijeras con la orden de hacer un círculo de papel? Nos poníamos manos a la obra sin rechistar, ladeando la cabeza y sacando la lengua, síntoma de concentración. Fuera la primera vez o la enésima, empezábamos a recortar y recortar para conseguir un óvalo perfecto, sin saber que semejante proeza no estaba a nuestro alcance, ni al de ninguno de los adultos que nos la encomendaban. De poco servía dibujar una circunferencia sobre el papel para hacer de guía. Siempre estaba esa esquinita, ese vértice displicente. Bastaba un tijeretazo para deshacerse de él, pero entonces aparecían dos más, en los extremos del tajo. Y repetíamos el proceso. Así, íbamos mermando el folio sin apenas percatarnos, dándole vueltas y vueltas sobre sí mismo, como una espiral sin sentido. La cuestión -y aquí es donde querían llegar los pedagogos- era saber pararse a tiempo. Así podían dividirnos entre cautos y temerarios, e incluso aventurar nuestro futuro académico en base a esa dicotomía. Ellos pretendían hacernos ver que más valía un círculo grande y tosco que uno pequeño y afinado, mientras nosotros sólo nos preguntábamos para qué demonios necesitábamos tal figura geométrica, fuera de un tamaño u otro, si el folio en sí era extremadamente más útil. 

Parece que algunos no superaron este trauma preescolar, o directamente no aprendieron nada de aquel asunto. Siguen cogiendo su pieza de papel, por ejemplo una página de la constitución, y recortándola para conseguir un círculo, pero de forma tan obsesiva que terminan por reducirla a un triste punto, de lo mal que se les da, como de niños. Cuanto más importante es el contenido de la página, más se esmeran en perfeccionar la figura, mientras los demás les rogamos que paren a tiempo, porque los tajos nos duelen como en carne propia y seguimos sin entender para qué queremos ese óvalo absurdo. Lo que nos entregan, en el mejor de los casos, es un círculo vicioso y un buen montón de virutas. Cabe pensar que en realidad no quieren conseguir ninguna figura geométrica, sino simplemente sentir el poder que les otorga el instrumento, al que de repente encontraron más usos que el de cortar cintas inaugurales. El círculo responde a la inclinación de algunos hacia los retos imposibles, lo cual les habilita a justificar cualquier fracaso. Ni se plantean que quizá no haga falta cambiar la forma de lo que está bien, aunque sea cuadrado como su cabeza, sino en su lugar perfilar lo que conserva estructuras obsoletas, como el hemiciclo, que pasó de moda hace décadas. Ignoramos, en fin, si esa manía de cercenar cosas proviene de una infancia improductiva o de algún complejo de inferioridad, que como todos sabemos se cura con la megalomanía pero tiende a manifestarse en ridiculeces, como nuestros derechos. Lo peligroso es que estos niños grandes se divierten más atacando los fundamentales, cuya violación, más que un recorte, pasa a considerarse una ablación. Y lo esencial, además de invisible a los ojos, se caracteriza porque jamás vuelve a crecer una vez se extirpa. La culpa es nuestra por no hacer como los profesores de entonces, quienes prohibían a los más zotes jugar con las tijeras. Nosotros, encima, se las damos directamente. Ay.

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5 pensamientos en “Un círculo vicioso

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