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En una ocasión decidí comprarme una camisa en unos grandes almacenes, aunque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Más que por un exceso de previsión, se debió al abatimiento de un domingo por la tarde, de ésos primeros del mes que te provocan una angustia indisoluble si no aprovechas que está todo abierto. Lo peculiar del asunto, al margen de adquirir un artículo que probablemente no me haría falta a corto plazo, fue la prenda en sí misma: cuando la abrí en casa, reparé en que tenía tres mangas. La intrusa, que se desdobló por sí sola al quitar un alfiler de seguridad, brotaba del sobaco derecho de la camisa -¿o tienen axilas?- como una trompa absurda. Mi primera reacción fue de perplejidad, lógicamente, y la segunda, con más carga de lógica aún, fue el instinto de buscar una cuarta manga en el lado izquierdo. Pero allí no había nada. La falta de simetría me causo una desazón un tanto irracional, aunque la reemplacé enseguida por toda una batería de hipótesis sobre el hallazgo. ¿Se trataría de un error humano, o por el contrario de una calibración errónea de la máquina de costura? ¿Era fruto de una extraña voluntad? ¿La venganza meditada de un ser de tres brazos? En cualquier caso la culpa matricial era del hombre (o de la mujer, si fue una costurera quien la cosió). Te está bien empleado, me reñí, por haberla comprado sin pasar por el probador. 

La pobre fue devorada por los penetrales del armario ese mismo domingo, y allí permaneció durante meses hasta el odioso día que todo hombre ha de padecer alguna vez en su vida: el de tener que ponerse camisa y no disponer de ninguna por motivos varios. Cuando pasas años sin ponértelas, de pronto ni la más holgada te abrocha como es debido, o las arrugas son más bien surcos que una plancha doméstica es incapaz de eliminar. Así que me tuve que enfundar la única que tenía, que al margen de la malformación, me quedaba como un guante. Me sentí, precisamente, como una mano de cuatro dedos encajada en un habitáculo ideado para dar cabida a cinco. Resultó fácil disimular la rareza ante los demás -bastó con darle la vuelta a la manga por el interior de la prenda y no alzar mucho el brazo derecho-, y a la vez inimaginable la repercusión moral que causó esa decisión. Empecé, desde aquel día, a percibir la presencia de un tercer brazo, una extremidad invisible que notaba anclada justo debajo de la de carne y hueso. Al contrario de lo que apuntaría la coherencia, la manga había generado la necesidad del miembro. Era perfectamente ficticio, pero al tiempo deliberadamente real. Cuando tenía unas décimas de fiebre, lo notaba incluso más que los otros dos. No le conté nada a ningún conocido, por miedo a su reacción de asco o de querer llevarme a un frenopático. El primer remedio que ideé fue el de deshacerme la camisa, la fuente o detonante, pero fui incapaz; me aterrorizaba la idea de ir todo el día con el brazo al aire, con lo sensible y delicado que era. Por otra parte, cuando vislumbré la alternativa radical -la amputación- ya me había acostumbrado a la existencia del brazo invisible e incluso le había encontrado una utilidad, un cometido (hasta entonces, la única ventaja consistía en no tener que cortarse las uñas, pues nadie podía ver si estaban demasiado largas, ni siquiera yo mismo). Gracias a esa nueva prolongación del tronco conseguía coger todo aquello inasible para las manos carnales, lo intangible, lo metafísico. Si con ellas cogía las cosas, con la mano etérea tomaba su esencia. El problema lo encontraba al soltar los objetos, pues si no liberaba también su alma, se estropeaban o desvencijaban, como nos sucede a nosotros cuando nos la extirpan y languidecemos.

Es cierto que encontré más contratiempos, pero no los suficientes como para arrepentirme de la decisión de conservar el brazo. Busqué más camisas de tres mangas, ya que la única que tenía empezaba a desventrarse por las costuras, teniendo que recurrir a un sastre en última instancia, quien me hizo un par por encargo sin hacer preguntas por la boca aunque sí por los ojos de espanto. Al margen de eso, este miembro invisible me ha hecho muy feliz. Lejos de ser una prótesis, es una parte de mi cuerpo sin la cual las demás no tendrían sentido. Es posible que, en lugar del brazo, ya no me vea capaz de vivir sin lo que he aprendido a coger gracias a él. Algunas esencias no las devuelvo a sus objetos propietarios, movido por una cleptomanía absurda toda vez nadie puede detectarla y carece del morbo a ser descubierto, lo que provoca que todo a mi alrededor se vaya mermando y quebrando, presa de una obsolescencia excesiva. Tengo tantas que por momentos pierdo la cuenta del botín que estoy amasando con un solo brazo, mientras el mundo se derrumba. Por ahora no me preocupo demasiado en pensar qué haré con todas ellas en el futuro, para qué demonios las quiero, en fin. Lo que sí me tiene un poco consternado es que, como no puedo verlas, no sé si las tengo bien guardadas. ¿Alguien me echa una mano?

 

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2 pensamientos en “El brazo perfecto

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