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Pertenezco a esa generación que dejó de descubrir el mundo mediante las guerras y empezó a hacerlo a través del libre comercio internacional. Los de mi quinta compartíamos un juego infantil que consistía en darle la vuelta a los juguetes o las camisetas para averiguar el origen del producto en cuestión, casi siempre de latitudes remotas. Así supimos de la existencia de China, que no tardamos en proclamar proveedora madre de las cosas que poseíamos, o que encontrábamos al alcance de nuestra corta estatura aun sin ser propias. Tampoco nos llevó mucho asimilar sus importaciones hasta normalizarlas como un efecto cotidiano, de tal manera que todo cuanto proviniera de otro país se convertía automáticamente en una rareza, un tesoro casi. El juego, lejos de perder emoción por la hegemonía del gigante asiático, se volvió aún más excitante. Así, en el recreo, exhibíamos con orgullo los juguetes importados desde lugares menos convencionales, y eso que ni nos figurábamos dónde estaba China. Tampoco llegamos a ubicar Vietnam, cuyos bienes costaba más localizar, pero por fortuna descubrimos la nación mediante éstos y no por el conflicto bélico que sí conoció la generación precedente. Poco a poco fueron llegándonos objetos de allí, con ese exotismo superior al de los chinos, lo que nos llevó a asumir que eran los vietnamitas quienes fabricaban nuestra realidad, o quienes lo hacían con mayor esmero. Todo lo que no mostrara una etiqueta o inscripción revelando su procedencia, era sospechoso de haber sido manufacturado allí -o eso venían a expresas nuestras fantasías-.

Ahora, ya en la senda que lleva a la edad adulta, nos relacionamos con los productos asiáticos a través de esa misma naturalidad, pero con un entusiasmo algo desvaído o convertido en puro capricho. Y lo que es peor, manteniendo la inconsciencia hacia cómo llegan estos bienes a nuestro poder y quiénes son los que realmente se encargan de cada paso del proceso. Seguimos asumiendo que allí, en el lejano oriente, no se dedican a otra cosa, y que a la sazón son felices haciéndolo. Por eso, cuando nos topamos con una noticia contradictoria al respecto, nos llevamos las manos a la cabeza -o a la conciencia-. De tal modo nos choca que 300 trabajadores vietnamitas (ésos que fabrican artilugios de tecnología punta con manzanas en el lomo) se encaramaran a lo alto de su fábrica y amenazaran con un suicidio masivo si el patrón no les concedía una indemnización pactada. Habían preferido ser despedidos con su correspondiente compensación antes que seguir trabajando así, con un sueldo y un horario de mierda que no les quisieron subir y reducir, respectivamente. El conflicto provenía, en efecto, de unas pésimas condiciones laborales instaladas en el marco de la esclavitud, que sin embargo no lo están a posteriori en los móviles y tabletas que acariciamos como si fueran clítoris o animales muertos, sujetos a una esclavitud bien distinta. Lo peor, con diferencia, es que en sus contratos leoninos se incluía una cláusula de acuerdo a la cual les quedaba terminantemente prohibido suicidarse (durante su jornada laboral, entendemos). Aun así, el año pasado se quitaron la vida 14 trabajadores de dicha compañía, que fabrica por cuatro perras lo que luego compramos por cuatro jaurías. El paso intermedio, donde se generan los beneficios, es aquél del que nunca tuvimos constancia durante la niñez. De haberla tenido, las pesadillas nos habrían acompañado cada noche, hasta hoy. Para otros, es estar despierto lo que constituye la verdadera pesadilla. Asco de mundo.

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2 pensamientos en “Caricias letales

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