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Desde que Madrid se ha vuelto del todo intransitable, mis brotes de misantropía han sufrido una suerte de mitosis. Allí donde pongo el ojo, pongo un dardo de rencor que se clava sin preámbulos en cualquier transeúnte, cuya única culpa es la de ocupar un espacio que yo preferiría ver vacío. Tengo la sensación de que la gente deambula por los accidentes urbanos como si les pertenecieran, en base a lo cual me pregunto dónde debería ir uno si quisiera comprarse una acera, un alcorque o una cornisa. A día de hoy, no he descartado que esto sea legalmente viable, al menos no con una cantidad suficiente de dinero, que es el lubricante de la maquinaria administrativa. No sé si esto es consecuencia de esas partidas de Monopoly que se nos iban de las manos, o de la euforia especulativa que aún persiste en forma de resaca, con sus dolores de cabeza y sus náuseas. Por eso hay plazas que parecen vómitos. Comoquiera que deba hacerse, dudo horrores que esta posibilidad esté al alcance de quienes pisamos las zonas públicas con asiduidad. Al igual que sucede con los caprichos, sólo podrían agenciárselas quienes nunca harían uso de ellas -esos mismos que promueven los peajes y el transporte público desde un coche oficial con asientos de cuero-. Pero oiga, no pierda la esperanza de comprarse una parcelita de acera en alguna calle poco conocida, para pasear por ella sin agobios y con cara de ‘aquí no me tose ni Dios’. Lo suyo sería adquirir una en pleno centro, sí, pero el metro cuadrado lo pondrían por las nubes, como los pisos piloto. El modelo de negocio existe, no obstante; bastaría con cobrar una tasa por atravesar la zona peatonal en cuestión, o por dejar al perro mear en el alcorque, o por tirarse al vacío desde la cornisa. Suicidarse habiendo pagado por ello sería el colmo del derroche, dicho sea de paso. O de la excentricidad, si alguien socialmente prominente lo pusiera de moda. Eso no podría suceder con la compra de espacios comunes, pensándolo bien, pues según dicen los pagamos con nuestros impuestos, lo que viene a significar que nos pertenecen pero no podemos disponer de ellos. Lo mismo que pasa con los hijos, los fondos de inversión o el amor del prójimo. El problema de nuestra sociedad, en fin, parece ser un asunto de falsa propiedad. Se mira pero no se toca, como cuando éramos niños. El capitalismo no sería la antítesis del comunismo, visto así, sino su alter ego: nada es de nadie (pero todo cuesta un riñón). A no ser que tenga tanto dinero como para comprarse lo que no está en venta, dese por jodido. 

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4 pensamientos en “Lubricación demográfica

  1. Aprecio disfrutar de dicho espacio cuando se puede, incluso más si hay gente, esa gente adorna, da vida a estos espacios vacíos y el mero hecho de observarlos entretiene. Prefiero pararme en un rincón y hacer mía la calle viendo a la gente pasar, tal como me pasan las horas a mí en esos momentos. Y lo mejor: no necesito un duro para hacerlo.

  2. Lo de que da vida, sí, pero a veces adorna tanto que ni deja ver el espacio en cuestión. Está bien pararse a observar -yo mismo disfruto con ello- pero en ocasiones hasta eso es imposible o desesperante, de los empujones que te llevas. El ambientillo apetece a veces, y en otras lo que necesitas es una calle vacía para transitar hacia alguna o ninguna parte. Mientras ambas sigan siendo gratis, de poco podremos quejarnos ;).

    ¡Gracias por la visita!

      • Uf, qué maravilla! Cómo me hace echar de menos el verano y poder recorrer todo el centro en patines sin poner en peligro mi integridad…

        Lo de madrugar en invierno lo llevo peor…

        Gracias por el vídeo 🙂

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