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A muchos de los que se nos atraganta la Navidad nos gustaría decir que es por el consumismo o los embotellamientos, porque en realidad esa indigestión tiene un detonante siniestro: las supersticiones. El caso es que pocos se atreven a reconocerlo, pues piensan que eso les arrojará a un margen de desprecio colectivo, y se pasan las fiestas quejándose, comiendo a desgana y cagándose en El Corte Inglés. A mí, en cuanto a las manifestaciones de la superstición ajena, me revientan las colas infinitas que se forman frente a las administraciones de lotería porque me cortan el paso, aunque he de reconocer que disfruto observándolas con un gesto de compasión en la conciencia. Me suele pasar que acabo cruzando la mirada con algún miembro de la fila, aterido de frío y con cara de fastidio, con quien converso brevemente mediante el vínculo visual: “qué haces ahí, si sabes que no te va a tocar”, le transmito, a lo que responde “ya lo sé, ya lo sé, pero es lo que tiene la Navidad…”. A veces me quedo ahí, fumando un cigarrillo mientras veo la cola avanzar con muy poco entusiasmo, e intentando buscar algún sentido a la forma que éstas adoptan, por lo general anárquica o amorfa. En este país nunca hemos sido muy de respetar la geometría de las cosas, o la relación geométrica entre unas y otras, mejor dicho -ahí persiste nuestra manía de usar una mesa redonda para que converse a su alrededor un puñado de gente con la cabeza cuadrada-, por lo que no me sorprende. Me entretiene ver a los supersticiosos en fila india, o hindú, yo que sé, pero a la vez me saca de quicio. Encuentro graciosos a los que mantienen la mueca de esperanza hasta llegar a la taquilla, porque no puedo dejar de imaginarme sus caras al comprobar el ridículo beneficio obtenido con los décimos, similar a la que se le queda a quien se cree la mano derecha del jefe y de pronto descubre que éste es zurdo. Pero me enerva, como digo, tanta superstición concentrada en tan poco espacio, y quizá saber que a alguno le acabará tocando una suma considerable. Lo malo de esta dicotomía bipolar -porque me deja helado por dentro y por fuera- es que acaba dando ganas de tentar a la suerte. Y si te resistes y no lo haces, acabas yéndote cabizbajo con una sensación punzante en el pecho que no se disuelve hasta febrero. Como no me siento bien ni con una cosa ni con otra, estoy buscando una alternativa salomónica para acometer el cambio de año sin remordimientos. Creo que los grandes almacenes deberían confesar ser también los creadores de la superstición, y venderla en distintas dosis y formatos, para que cada cuál elija la que le plazca. Apuesto que las protectoras de animales apoyarían esta iniciativa, con tal de que dejásemos de cortarle las patas a los mamíferos para hacernos amuletos. Yo veo un gran negocio. Bastaría con cambiarle el nombre para hacerlo funcionar. ¿No dicen los loteros que lo que venden es ilusión? Entretanto, intentaré limitarme a observar piadosamente a quienes invaden las aceras en busca de una dosis de fortuna, ya que parece ser la única vía de escape a las penurias. Tal vez ésta sea más contagiosa que la superstición y se me acabe pegando un poco de tanto arrimarme. O sean ellos quienes me sustraigan la mía propia. Mejor no hacer cábalas, que da mala suerte. Qué panorama.

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