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A veces basta dedicar un minuto a contemplar cualquier espacio vacío para darse cuenta de que allí mismo, donde aparentemente no hay nada, suceden toda clase de turbadores fenómenos. En su momento asumimos, después de leer El Principito, que lo esencial era invisible a los ojos, pero nunca osamos a comprobarlo de forma empírica. O sea, que hasta ahora no se nos había ocurrido olisquear la euforia, paladear la angustia o clavar la vista en un remordimiento, entre otras cosas porque sabemos que se nos dan mal las cosas físicamente imposibles. Somos una raza abierta a infinitas posibilidades, pero sobre todo a la de asignarles innumerables limitaciones. Mirar fijamente un franja aséptica de la realidad nos lleva, pues, al éxtasis, dado que nos encanta sacar conclusiones de una mera intuición. No percibimos nada, pero el instinto nos recuerda que la nada es demasiado compleja como para tenerla a una distancia tan accesible. Y lo que hay, o lo que creemos que hay, es en esencia una obsesión que se nos clava en la conciencia como una astilla metafísica -la conciencia, ese receptáculo que estrenamos hueco y que necesitamos llenar con cualquier cosa por no soportar la vacuidad en grandes dosis-. Intuir esas partículas subatómicas que copan el espacio observado, esas energías maleables que nos atraviesan sin preliminares, o quizá esas dimensiones inexpugnables, nos empuja a una felicidad plena toda vez nos consideramos los descubridores de algo. Y si algo le apasiona al ser humano, es desvirgar un hallazgo. Así es.

El secreto de la política se basa precisamente en esta fórmula; de ahí lo de no dejar ningún espacio vacío para evitar conclusiones o sospechas, solapando cada suceso agrio con otro edulcorado. Y en las esferas de poder no abunda otra cosa sino la acritud. Ocultar un hecho y dejar su correspondiente hueco al descubierto sería una negligencia de gran calibre, como besar en la boca a un caníbal. Dichas prácticas, al igual que las bolsas de basura demasiado llenas, dejan tras de sí un reguero hasta el cubo o los entresijos gubernamentales, tan pestilente como fácil de seguir. Escudriñar cada oquedad, por tanto, nos llevaría a distinguir ese rastro putrefacto y a querer seguirlo, por si al final del mismo se hallara algún hallazgo, valga la redundancia. Si en lugar de la nada aparente nos topamos con un algo, se acabó el problema. No es de extrañar que estos iluminados se esmeren en rellenar con cualquier cosa, como si se tratara de una conciencia, esos espacios que se generan al ser desalojado un cuerpo -del delito, generalmente-. El problema es que desconocen el principio de Arquímedes, y no emplean un suceso postizo del mismo volumen que el evacuado. Sería imposible, por otra parte. Aunque la turbiedad, la negrura, las lleva de serie el primero, es el segundo el que adquiere la calidad de una sombra, de una silueta. Comparte contorno o forma, pero despliega un contenido más legible y simple. O sea, que venimos de una era de penumbras y enfilamos otra de tinieblas. Nos queda el consuelo de saber que, en este mundo de sombras, debe de existir por lógica alguna fuente de luz que las proyecte. A ver quién se anima a ser el primero en encontrarla.

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