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¿Se imaginan que con sólo repasar los platos de un menú nos sintiésemos saciados e incluso empachados? ¿O que tras leer los compuestos de un analgésico lográsemos neutralizar la más salvaje de las cefaleas? A mí me costaría creerlo, y eso que apenas uso ya el escepticismo porque me produce un tic en el ojo, pero resulta que no es algo descabellado, sino plausible. O sea, que no sólo vendría a desdecir que el todo es la suma de las partes, también desvelaría que cuando éstas se verbalizan, superan la entidad inviolable del todo. Sabíamos que como seres humanos éramos muy sugestivos, pero no tanto. Muchos de nosotros, por ejemplo, nos asustamos si nos dicen que en la cocina hay un fantasma a punto de montar en cólera, aunque en el fondo sepamos que como mucho tenemos un paquete de fiambre oxidándose en el frigorífico. Será que la naturaleza de este hallazgo proviene esencialmente del vocabulario, de cuyo poder ya teníamos diversas nociones. A veces no hay más realidad que la que nos cuentan o nos decimos a nosotros mismos, pues por lo general la realidad no verbalizada es tan sosa o cruda que nos da reparo tragárnosla. Todo esto viene a colación de una noticia reciente sobre los capos de Abu Ghraib en la que se mencionaba de soslayo la asombrosa virtud -o defecto- de uno de ellos, por lo visto capaz de conseguir que los presos se orinaran encima con tan sólo recitarles a gritos los ingredientes de un brick de zumo. El redactor hacía hincapié en que lo lograra vociferando, como si diera por hecho que las funciones sinestésicas de los reclusos nunca habrían podido ponerse en marcha de haber empleado un tono de voz normal. Si ustedes son escépticos, dirán que sus vejigas se aflojaban por el miedo y la tensión endémica de ese lugar de pesadilla, que se habrían meado igual de haberles enunciado a capella una estrofa de Góngora o Salinas, por ejemplo, siempre que hubiera sido con suficientes decibelios. Pero tal vez no sepan que el potencial de las palabras reside en los lexemas y morfemas, en las connotaciones y denotaciones, incluso en las geminaciones y anástrofes (porque el orden de los factores no altera el producto, ya saben), y no en el volumen con que se pronuncian. Y tampoco sabrán que a los presos de Abu Ghraib les quitan todas las pertenencias al entrar en el recinto, incluyendo el miedo y el pavor, y que al salir -a los que logran salir, mejor dicho- les permiten recuperar esos efectos personales, a excepción de la dignidad, que se diluye al poco de empezar el tratamiento de torturas. O sea, que se lo hacían en los pantalones por haber escuchado demasiado zumo, y no hay más. El caso es que a este caballero -lo digo por la brutalidad medieval de sus métodos- lo han cazado y procesado, y por amor a la palabra, que indudablemente es lo suyo, le ha dado por relatar los pormenores del día a día en aquella parcela del infierno iraquí. Y así han salido a la luz tan asombrosos descubrimientos, que les ruego no prueben en casa si no es con la supervisión de un verdugo. Si aun así se sienten tentados por comprobar su efectividad, léanle la constitución al político que prefieran, palabra por palabra, a ver si por casualidad empieza a respetarla, o cántenle meticulosamente la receta de fabada de su abuela, y que reviente. No sabemos cuánto le caerá al carcelero, ni si la cifra tendrá dos, tres o cuatro dígitos, pero es fácil imaginarse que, si el juez le enuncia uno por uno los años que se va a pasar al sol -no hay sombra en el desierto-, la condena le va a resultar una eternidad insoportable incluso antes de empezar a cumplirla.

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4 pensamientos en “A golpe de verbo

  1. Naturalmente que no, prefiero aprovecharlas para persuadir positivamente o, como mínimo, entretener ;). Lo bueno es que a quien se merece una tortura, lo puedes putear hasta leyéndole un cuento. No soportan la ficción, de la idiotez que sobrellevan.

    Muchas gracias por tu visita y comentario, Clara. ¡Un saludo!

  2. Este textos sí que aumenta en intensidad a medida que vas leyendo. Aunque posiblemente no vociferes, es cruel. No por las palabras que usas, sino por la suma de ellas, por la forma de expresar tal atrocidad, y como dice Clara, la brusquedad de esa conclusión.

    No creo que la intensidad con que aquel carcelero recitaba una a una las palabras que conforman los ingredientes de un brick de zumo produjese esa reacción en los presos, no… Pero no somos inmunes al condicionamiento, y a saber qué tipo de atrocidad le esperaba a cada uno de ellos tras el relato de aquellos ingredientes.

    No dejamos de ser perros de Pavlov.

    Un placer como siempre.

  3. Perdona Mina, por la tardanza en responder!

    Me parece muy apropiada tu analogía con los perros de Pavlov, así como la hipótesis sobre el condicionamiento. Aunque llevé el texto por otros derroteros más surrealistas, debería haber tenido cabida esa lectura, sin duda la más cercana a la cruda realidad.

    Muchas gracias, como siempre, por tu tiempo para leer y comentar 😉

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