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En tiempos duros, como dice Millás, conviene permanecer atento a las noticias débiles. Personalmente, prefiero saltarme las primeras planas -que más que dureza destilan atrocidad- para fijarme en los sucesos periféricos del día a día. Éstos ocupan las páginas más recónditas del periódico (son al mismo lo que el armario de las escobas a una vivienda) a pesar de ofrecernos una muestra de la realidad mucho más significativa y elocuente que la arrojada por los grandes titulares. Las noticias débiles, contra pronóstico, resultan ser las más salvajes. Pero la suya es una dureza epidérmica, a la que sólo se llega a través del análisis o la empatía. Recalé el otro día, por ejemplo, en la crónica de un suceso digno de un cortometraje de absoluto terror: dos ancianas incapaces de valerse por sí mismas habían quedado confinadas en su propia casa toda vez que el cuidador, también mayor pero no tanto, se había visto sorprendido por su propia muerte. El lector medio, al reparar en el término ‘muerte’ en este tipo de redacciones, categoriza automáticamente la noticia y la digiere con inercia, pues está tan acostumbrado a las defunciones que ya las asimila sin distinción alguna, como si fuesen un asunto genérico, unívoco. Y lo que es peor, como un hecho aislado, cuando en realidad suelen estar cargados de matices colaterales. Pero hurgando un poco más en los entresijos del texto, en las consecuencias detonadas por el deceso, uno alcanza fácilmente el estadio de la aprensión y saca sus propias conclusiones. El caso es que las mujeres hubieron de permanecer cerca de dos días atrapadas en la vivienda, sin poder moverse por carecer de motricidad suficiente y por ende privadas de la posibilidad de alimentarse o dar rienda suelta a sus necesidades (si consiguieron tenerlas, claro). Llegado este punto, yo no puedo dejar de ponerme en la arrugada piel de una de las ancianas, o de las dos, y recomponer mentalmente la situación. Intento imaginar qué habría hecho yo, cómo habría reaccionado, pero me es casi imposible; la vejez es aún un asunto impenetrable para mí, y más todavía en una tesitura de ese calibre. Así que sólo me queda hacerme preguntas más inquisitivas que macabras, aunque cargadas de sana curiosidad. ¿Qué les pasaría por la cabeza al hacerse cargo de la extinción de su único nexo con el mundo, con la vida? ¿Cómo debió de evolucionar su percepción de la situación con el paso del tiempo, según llevaban 20, 30, 40 horas, expuestas al cadáver? ¿A qué altura del primer día, o del segundo, se dieron por perdidas, si es que hicieron lo propio con la esperanza? Trato de hacerme cargo de una coyuntura así, y me afloran decenas de cuestiones que desearía formularles a las ancianas. Las primeras son recurrentes, pero me van asaltando otras más escalofriantes, asombrosas. ¿De qué hablarían entre ellas? ¿Guardaron quizá un silencio sepulcral, a modo de velatorio, dado que no había nada que decirse? ¿Cómo se sentirían al intentar barajar opciones y darse cuenta, frustradas, de que la única posible era mantener la postración y esperar alguna suerte de milagro? ¿Se atrevieron, tal vez, a cargarse de fuerzas para tratar de alcanzar el teléfono, el rellano u otra salvación? ¿O decidieron tácitamente, por qué no, someterse a los acontecimientos, por haberse preparado ya para una debacle similar? Estoy convencido de que cualquiera redactaría una entrevista espeluznante con sus declaraciones. O una novela, incluso. No sé si me atrevería a plantearles otra clase de dudas que con seguridad me rondarían la mente de tener la oportunidad de interrogarlas. Pero las expondré aquí, al menos. ¿Cuándo asumieron que la última imagen que verían sería, paradójicamente, la de los estragos de la muerte? ¿Llegaron a pensar que todo había sido un error de cálculo por su parte? ¿Se plantearon, en algún momento, que el alimento más accesible era, precisamente, el cuerpo de su cuidador?

Todo son preguntas. Reconozco, no obstante, que estoy formulando hipótesis sin atender a una obviedad: es mucho suponer que estas mujeres, decrépitas e inválidas, conservasen sin embargo intactas su facultades mentales. Pudo ser que un estado de alienación, de los que suelen acompañar a las disfunciones somáticas, les impidiera comprender la cruda realidad. No descarto que apenas se enterasen de lo que sucedía. Quiero creer que así fue.

Lo que extraigo de este pequeño suceso, en fin, es la manifiesta paradoja, que aunque pequeña y sutil es aplicable a un formato más grande, más global, como una muestra representativa de un sistema descomunal que nos concierne a todos. Me doy cuenta de que aquello que mantenía a las mujeres al margen del mundo, lo que nosotros catalogamos como desgracia, fue lo mismo que les evitó un sufrimiento inhumano, un brutal sentimiento de indefensión. Y es que hasta el más insignificante episodio de nuestras vidas dispone de una doble lectura, de un doble filo. Por eso evitamos analizarlos y manosearlos, porque, en cualquier caso, nos acabamos cortando. Perdón por la sangre.

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4 pensamientos en “Perdón por la sangre

  1. Muy muy interesante -y dura- historia la de Dolors. Me parece especialmente positivo el punto de vista, que insta a obviar la injusticia que nos obligan a financiar para fijarse en la existencia del altruismo, de la bondad humana (ésa que anda en vías de extinción). En estos tiempos, a pesar de ser de lo que más deberíamos servirnos, es sin embargo lo que más escasea.

    Muchas gracias por tu visita y tu comentario, un saludo!

  2. Me reitero en la certeza de que eres un máquina escribiendo. En ocasiones la intrahistoria es mucho más valiosa que la propia historia. Después de leer tu contracrónica, me la he imaginado. Un saludo Nacho.

  3. Así es, lo subyacente es una amplificación del hecho en sí. Por eso es peligroso tantearlo. Espero que la evocación no te haya resultado excesivamente dura ;).

    Un saludo y gracias, genio.

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