Home
No hará mucho, en un autobús medio vacío, le oí decir a un señor que no se nos debería juzgar por los actos que cometemos, sino por los que consideramos llevar a cabo y nunca fructificamos. Por lo potencial, vamos, que es como referirse a la nada. Este caballero, que parecía subsistir a base de propósitos, alardeó durante todo el camino de que, según este sistema de méritos, ya debería haber sido recompensado por decenas de ideas que rumió pero no materializó. Yo le escuchaba con absoluta neutralidad, como si fuera una taza de café dando vueltas en el microondas, pero ésta fue degenerando progresivamente en un desprecio inflamable, casi sulfúrico. Aunque me costaba alinearme con su opinión, lo cierto es que resultaba peligrosamente persuasivo, tanto que al apearme, en un acto reflejo, me sentí expuesto a ser detenido por agresión. Ese tortazo potencial que quise darle habría sido, a su criterio, un ejercicio ilegal tan grave como un tortazo real, si no peor. Pero ningún agente de la autoridad acudió a arrestarme, ni fui recriminado por violento. Aun así, me asusté en segunda instancia por la permeabilidad que demostrara hacia sus teorías absurdas, cuando hasta el momento casi todos los desvaríos ajenos me habían resultado inocuos. Si bien las angustias repentinas, como los picores cutáneos, se acaban disolviendo solas, aquella asimilación involuntaria me sedujo por una vía desconocida, llevándome de la ansiedad al goce de un modo igualmente inédito. Di media vuelta en dirección a casa, abandonando todos los asuntos que me habían llevado al centro, y caminé cometiendo toda clase de delitos potenciales, sometido a esa excitación fluctuante que proporciona la adrenalina a oleadas. En un trecho ridículo, urbanísticamente hablando, apenas dejé escaparates sin romper, viviendas sin allanar, coches sin forzar, ancianas sin atracar o controladores de aparcamiento sin zarandear. Mostraba siempre una expresión de indiferencia que no dejaba entrever las atrocidades que bullían en mi mente a velocidad de crucero. Si coincidía en la acera con las fuerzas del orden, disimulaba sonriéndoles o con otros mecanismos corporales de confianza ante los que ellos igualmente claudicaban. Medité incluso si volar o no del todo la estructura moral de las decisiones reales, pero la aniquilación de la integridad humana, aunque fuera potencialmente, me resultaba del todo inasumible. Poco después, ya en el barrio, deduje horrorizado que la duda en sí albergaba una despiadada potencialidad, y que por tanto mi lista virtual de delitos de sangre había quedado inaugurada de un modo apoteósico. Mareado por una náusea de culpabilidad que se iba enquistando en la conciencia a cada paso, me las arreglé para llegar al portal y subir las escaleras sin perder el equilibrio. La rutina de entrar a casa me tranquilizó lo suficiente para apaciguar el temblor general y la lividez que llevaba adherida al rostro, como una horripilante máscara de teatro japonés. Así con todo, saludé a mi mujer y me encerré en el baño, donde recurrí a un ansiolítico de los suyos. Ella, que me conoce bien, debió de olerse la tostada enseguida, porque un instante después ya se hallaba en el rellano gritando a pleno pulmón que vivía con un asesino, y que socorro, auxilio y un largo etcétera. Yo, por mi parte, le pedí enseguida el divorcio y salté a través del ventanuco del patio interior. Lo primero fue sólo potencialmente, que cualquiera se atreve a ello de verdad.
Anuncios

2 pensamientos en “Vivir en los propósitos

  1. Casualmente me he levantado esta mañana preocupada sin saber por qué, ya lo estaba desde anoche. Intuía que podía deberse a mi voz interior, a esa con la que dialogo a diario y que creo que últimamente me habla de cosas “malas”.

    Este texto es un tanto repulsivo. No me malinterpretes, es muy bueno, pero me ha dejado un sabor amargo.

    Soy de las personas que piensan que siempre será mejor arrepentirse de lo que se ha hecho y no de lo que no se ha hecho.
    Sin embargo, ahora veo realmente cómo cobra sentido el término “conciencia”.
    Para eso está. El resto de animales no la necesitan, pero el ser humano, por su condición sí. Eso me tranquiliza.

    Buen trabajo, me ha gustado.

  2. Hola Mina

    Muchas gracias por tu comentario. Me quedo con que te haya gustado el artículo a fin de cuentas, que es lo importante.

    Como verás, es una historia de ficción, pues ni estoy casado ni me he tirado por el patio interior. Y sí, una persona que en el fondo anhela pertrechar toda clase de barbaridades, pero que únicamente las evita por miedo a las represalias, es realmente repulsiva.

    Pero ahí está la crítica, precisamente; el no atreverse a hacer nada, no por temer las consecuencias legales, en concreto, si no en general. Y el colmo es ya querer ser recompensado por ellas como si se hubieran llevado a cabo. Casi es más repulsivo el perfil del pasajero del autobús que el del prota, por su cinismo exagerado.

    En resumidas cuentas, que está bien atreverse a cumplir los propósitos, y saber bregar con el fracaso, pero también lo está el saber aprovechar el don de la conciencia para evitarlo, un don que, como apuntas, es algo exclusivo de los homo sapiens.

    Gracias de nuevo por tu visita y tiempo de lectura 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s