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La infancia es una etapa muy proclive a albergar los sucesos más dichosos de uno, pero del mismo modo es un receptáculo ideal para los episodios de pavor que con mayor dureza nos marcan. Echar la vista atrás supone un ejercicio de nostalgia al que recurrimos para no reconocer que el presente nos gana la partida sistemáticamente. Lo malo es que al fijar la memoria en la edad infantil, que a priori siempre ensalzamos ante las vicisitudes de la adulta, encontramos algunos de estos momentos vitales que habíamos velado en defensa propia al adquirir una segunda cifra en él cómputo anual. La cosa es que aquéllos que en su día nos hicieron radicalmente felices, hoy nos parecen un despropósito, como nuestro primer insecto atrapado, el logro de comer en la mesa de los mayores o el de conseguir soportar una vacuna mirando a los ojos neutros del practicante. Cuando nos vemos incapaces de volver a encontrarle sentido a todo eso, comprendemos que nos hemos echado a perder sin ser conscientes de ello. La desazón que provoca acaba siendo una excusa para ir al psicólogo, quien nos envía de una patada al psicoanalista tras hurgar sin reparos en nuestro pasado y encontrar ese nido de traumas latentes que veníamos ignorando.

No es fácil explicar lo que de niños nos atormentó y horrorizó, porque ni nosotros mismos somos capaces de asignarle una coherencia existencial lo suficientemente sólida. Lo único que queda es el poso de la angustia que nos sacudió, sin conocer siquiera la utilidad de esa sensación. Explícale tú al especialista que a los cinco años todas las piezas se alinearon para hacerte creer que no existías, y que detectaste toda clase de complots por parte de tus allegados, bien confabulados, para fingir lo contrario sin que entendieras el por qué de tal pantomima. Intenta justificar que todo brotó de la curiosidad, cuando echaste mano de la enciclopedia de casa para buscar a tu familia más inmediata, y encontraste las palabras padre, madre, hermano y hermana, y más tarde abuelo, abuela, tío y tía, y hasta primo, prima y sobrinos. Cuéntale avergonzado que no recordabas los nombres de ninguno por usar siempre los términos genéricos, pero que sí hallaste enseguida los de tus amigos Justo, Marcial y Julio, el de tu vecina Paz, el del portero Modesto y el de su mujer Milagros, cuyo significado te llevó a ratificar que era una bruja.Confiésale que no supiste dar con el que te asignaron al nacer, que no constabas en aquel gran libro que daba fe de todo lo que existía y, por extensión, de lo que no. Atrévete a reconocerle que ignorabas la presencia de la hache en la palabra hijo, y que por eso tu búsqueda finalizó con un fracaso monumental y doloroso.

Después de una terapia así, en la que de pronto comprendes por qué terminaste siendo un delincuente precoz, convencido de que la ley no era aplicable a un ser inexistente y que todo era más divertido sin normas ni reglas, se te viene el mundo encima. Ahí la infancia deja de ser la época dorada de tu vida, el contenedor de gratos recuerdos, y te ves sin un refugio al que volver cuando el día a día se te antoja insoportable. Asumes que la credulidad de entonces te horadó el ánimo como la incredulidad ahora. No vislumbras la escapatoria.

Con el tiempo, no obstante, volvemos a ser seducidos por la ingenuidad del principio. Hartos de ver de todo, nos creemos cualquier cosa que perciban nuestros sentidos. Una vez sobrepasamos esa franja en la que tenemos más responsabilidades que derechos, la inercia del tránsito nos lleva a una vejez donde casi todo se nos consiente, al igual que cuando éramos seres en proceso de constitución. Cuando nos convertimos en entes que más bien se deconstituyen, recuperamos las licencias infantiles al tiempo que perdemos las nociones de lo que nos rodea. Si de niños acaparábamos la atención del mundo, al menos hasta que un nuevo hermano nos robaba el protagonismo, de viejos reparamos en que el mundo ya no está ahí para atendernos. Por mucho que tratamos de llamar la atención mediante todo tipo de ardides y artimañas, sin importar que entren en conflicto con la legislación vigente, seguimos en ese cruel margen de la vida donde acabamos enterrados. Entonces, viendo que las reglas nos exceptúan como al inicio de nuestros días, y que nadie se escandaliza por ello, volvemos a cuestionarnos si realmente hemos existido durante ese largo camino que se nos ha llenado de sospechas y respuestas.

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11 pensamientos en “Afilando la inexistencia

  1. ¿Un poco demasiado apocalíptico et pesimista? Siempre hay motivos para disfrutar del tiempo presente y de mejorar para el futuro… Hay condicionantes pero el camino lo hacemos nosotros, incluso cuando te rindes.

  2. ¿Pesimista? Demasiado realista
    ¿Apocalíptico?.. Un poco.

    No hay razones para disfrutar el tiempo presente y mejorar el futuro.
    Creamos esas razones, simplemente son necesarias. Las creamos y nos las creemos.
    Hay que creer para seguir adelante, si no nos creyésemos nuestras propias mentiras todo dejaría de tener sentido.

  3. Esta reflexión es, en realidad, una simple observación neutral. De hecho, la hice para ponerme a prueba y ver si era capaz de argumentar a favor de algo con lo que disiento. Creo que cada época tiene su lado amable y memorable, y que la infancia es sin duda un hito existencial. Teniendo en cuenta que sólo sabemos manejar el presente, más nos vale hacernos a él tal y como venga, pero la calidad del futuro depende en buena parte de nuestras elecciones. La otra, viendo qué clase de raza somos, es demasiado probable que termine siendo incómoda. En cualquier caso, saber recuperar la inocencia inicial al final de nuestros días ya es un logro que hace que valgamos la pena como especie, a pesar de que entre medias nos dejamos estropear sin remordimientos.

  4. Supongo que has intentado jugar bien con aquello de creer algo que sabes que es falso…

    También hubo un tiempo donde yo igualaba pesimismo a realidad. Tan negativo es verlo todo de color de rosa, ser inconsciente respecto a lo diabólico que nos acecha cada día, como caer en el nihilismo, la indiferencia o acostumbrarse al lado negativo de las cosas. No creamos razones, las descubrimos en nosotros mismos. La misión última de nuestra vida DEBERÍA ser felices y producir felicidad en el mundo, pero no es fácil, y así nos pasa… que muchas vidas se desperdician, mucha gente se muere cada día pensando “qué coño hice yo aquí”, y mucha gente llega a su casa cada día pensando “vaya mierda de vida”. Pero la realidad es que siempre hay posibilidades, quizá cambiar uno mismo, cambiar la forma de enfocar las cosas, el marco bajo el que interpretamos el mundo o intentar cambiar en la medida que esté en nuestra mano nuestro alrededor.

    Nunca he sabido qué era más fácil… si dejarse vencer y sufrir o sufrir para no dejarse vencer. Sea como sea la opción es de uno mismo, y vosotros dos parece que ya habeis elegido. Solamente no olvidad que siempre hay tiempo para ser felices.

    ¡Un saludo!

    P.D: Por pura curiosidad… ¿te conozco Mina?

  5. Opino firmemente que siempre hay alternativas para buscar lo que te hace feliz. Pero nuestro cerebro no está habituado a grandes cambios, y por eso hay que educarlo ;).

    Pongámoslo en práctica: ¡emigremos!

  6. Vaya, parece que este texto me ha atravesado.
    Leo y releo, y esta mañana me encuentro caminando para casa pensando en la infancia. No en la mía, sino en la infancia en general, en las cosas bonitas, en la magia de lo más sencillo y cada situación una nueva aventura.

    Dicen que cuando crecemos sentimos como si el tiempo pasara más rápido porque ya nada es nuevo, todo se repite, se ha vivido alguna o muchas veces.
    Desaparecen las aventuras apasionantes, los eternos veranos inagotables y los enormes domingos nublados. Recuerdo empezar el curso académico y mirar a lo lejos como si fuera algo eterno, no malo del todo, un pastel redondo que comer con una cucharilla pequeña (aunque no fuera de chocolate). Ahora el “curso académico” es días uno detrás de otro, iguales, termino situando la silla en distintos lugares alrededor de la misma mesa para poder diferenciar unos días de otros.

    Sin más, sólo quería decir que creo que el subconsciente me la jugó esta mañana.

    Cobo, no creo conocerte. Quizá hayamos coincidido en algún sitio, quién sabe 😉

    Saludos.

  7. Muchas gracias Mina por pasarte por esta latitud a reflexionar.

    Coincido contigo en que todo se ve más desvaído al crecer, tal vez por la repetición o porque con el tiempo perdemos un sexto o séptimo sentido. Desde luego, de los 20 hasta aquí he llegado sin apenas darme cuenta, mientras que me puedo hacer cargo de cada año transcurrido desde la infancia hasta la adolescencia. Será el ansia que nos entra al envejecer lo que nos hace comernos el pastel a enormes cucharadas, sin paladearlo ni disfrutarlo. No obstante, creo que cuando te desprendes de esa prisa que te inyecta el día a día, al menos en la ciudad, puedes pararte a pensar en lo que te rodea, percibirlo como antes, y disfrutarlo como antaño.

    Me alegro de que este texto te haya atravesado de una u otra manera, es buena señal. Siempre es agradable rememorar esos días y reaprender a ser niños.

    Un saludo a ti y tu subconsciente!

  8. Pues no sé… yo recuerdo mi infancia en general muy bien pero sinceramente prefiero la vida adulta. La diferencia está en que mientras que de niño esa incocencia y ese desconocimiento provocaba muchos placeres y alegría, como adulto somos nosotros los que decidimos qué hacer. Prefiero tener el control de mi propia vida, decidir, diseñar un plan, que tener que atenerme inconscientemente a las decisiones de otros.
    El problema, como dice Nacho, es que el rutinario día a día haga desvanecer todo atisbo de disfrutar. Pero, me repito, lo bueno de eso es que depende de nosotros pararnos y replantearnos las cosas.

    ¡Que paseis un buen día!

  9. El pesimiesta es un optimista realista. Como dice una de mis canciones favoritas de Bunbury ‘de pequeño me enseñaron a querer ser mayor. De mayor quiero aprender a ser pequeño. Y así cuando cometa otra vez el mismo error, quizás no me lo tengas tan encuenta”.

    Gran reflexión. Inmejorable blog.

  10. ¡Una gran canción! Ahora mismo no recuerdo si al escribir esto manejaba el pesimismo con una mano y el inconformismo con la otra. Creo que sigue habiendo categorías, los pesimistas, los realistas y los optimistas, pero cuyas fronteras son difusas. Es común tachar de pesimista al realista, porque no se ve que quien plantea problemas y genera soluciones está haciendo, en realidad, un gran ejercicio de optimismo.

    Últimamente sí que estoy deseando volver a ser pequeño y desprenderme de tantos convencionalismos y responsabilidades.

    La infancia es el juego más largo, al fin y al cabo…

    ¡Gracias por la visita crack!

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