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Está proliferando tanto la indiferencia que de aquí a unos años empezaremos a prescindir instintivamente de las paredes. Si alguien me lo subvencionara, sería capaz de elaborar un estudio para demostrarlo antes de que el tiempo me diera la razón. Los cierto es que los tabiques, sobre todo desde que al ladrillo español le entrara esa crisis de valores, han dejado de ser un recurso de primera necesidad. En el futuro, sólo los poseerán quienes aún conserven algún resto de pudor, o tal vez los ricos, por tener algo distinto a los mortales, que es lo que les va. Si todavía existen es porque seguimos teniendo nociones del prójimo, pero cuando éstas completen las vías de extinción en que se hallan, concebiremos los muros como un gasto tonto y nos los quitaremos de en medio. Nunca mejor dicho. Hoy en día vamos por la calle como por un pasillo, sin mirar a los lados, no por falta de sentido sino por falta de interés; de ahí que hayamos levantado paredes invisibles que nos valen tanto o más que las de cemento y hormigón. Dentro de poco las plantas de los edificios serán diáfanas y sólo habrá muros exteriores, por aquello de aislamiento térmico, pero no existirá ninguna otra barrera arquitectónica. Viviremos de un modo similar a cuando hay una catástrofe que obliga a evacuar a familias enteras, las cuales se juntan resignadas en un polideportivo municipal hasta nuevo aviso, donde desarrollan sus rutinas y privacidades con asombrosa naturalidad. Con esto deduzco que aún llevamos la impudicia en los genes, pero que sólo la sacamos cuando las circunstancias nos obligan. Al menos podemos tener la tranquilidad de que conservaremos los techos, pues sin ellos perderíamos la opción de levantar edificios -que son una conquista humana irrenunciable-, al igual que el suelo, sin el cual no podrían especular los políticos, que son muy caprichosos y cualquiera les quita un dulce. Curiosamente, ellos, que ahora ocupan sofisticados lofts en los que la pared constituye un síntoma de ignorancia o pobreza, acabarán como digo recuperándolas por la mera inercia de diferenciarse de los plebeyos.

Yo espero morirme antes de que desaparezcan las paredes, la verdad. No sabría vivir sin esa pizca de misterio diario que me otorgan los tabiques, y que en el fondo es la salsa de la vida. Será porque disfruto más con lo que intuyo que con lo que veo. En el baño, o en el dormitorio, nada me llena más que traducir la actividad que detecto al otro lado del muro, proveniente de los vecinos. No es cuestión de curiosidad, sino de experimentar esa cálida sensación de ser invisible, la cual sigue siendo mi fantasía existencial. Si pudiera asistir como espectador a sus quehaceres domésticos, dudo horrores que me suscitaran el más mínimo interés -ni siquiera los míos propios lo consiguen-. Todo esto me está recordando terriblemente al pueblecito creado por Lars Von Trier en su magnífica Dogville, donde no existían más que líneas blancas y muros de aire con los que los habitantes interactuaban como si fueran perfectamente opacos. Quiero pensar, lleno de una endeble esperanza, que la película se convertirá en profecía por haber auspiciado la supresión de las paredes, pero todo me indica que más bien lo hará por lo que concierne a la completa degradación de los valores humanos. No en vano, y recapitulando, primero tendrá que eclosionar la indiferencia para que podamos tirar abajo las barreras. Espero que así sea, puestos a elegir, porque si para cuando nos convirtamos en salvajes no tenemos nada que nos aísle a unos de otros, será el fin. Y que el tiempo me quite la razón.

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2 pensamientos en “La pared como aliada

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