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Llevo viendo en los últimos meses a mucha gente llorando sola en el transporte público. En el autobús pocos, en el metro la mayoría. Ante esto, asocio a dichas lágrimas la calidad de las aguas subterráneas, a pesar de que quienes las evacúan las llevan a flor de piel. Gracias a esta desoladora circunstancia he recordado que, a mis años, sigo sin saber cómo relacionarme con el dolor ajeno. Por el momento, lo hago arbitrariamente y con criterios alienados al uso de razón, es decir, que de decir ‘ése se lo merece’ a ‘pobre, que mal le debe de tratar la vida’ no hay tránsitos aparentes ni, como digo, carga alguna de lógica. Un lunes por la mañana puedo sentir un golpe de aprensión al ver llorar a un pasajero, y durante la tarde adyacente exhibir una cruda indiferencia ante cualquier tipo de manifestación lacrimal. O sea, que según me pille, me hago cargo de una u otra forma de esas gotas de expresión humana. Lo curioso es que sólo de mirar el rostro del que manan llego a conectar de tal manera que siento el característico sabor salino de las lágrimas tomando posesión de mi paladar y el envés de los carrillos, pero es porque mis mecanismos de empatía han sido de siempre una prolongación del sentido del gusto, que entra en escena tanto si me importan las circunstancias como si me son radicalmente inocuas. El presente, en especial si coincide con un jueves por la tarde, se me carga de estas metonimias existenciales tan novelescas e inútiles. Pero volviendo al tema espinal que vengo comentado, añadiría un nivel superior de inconscencia relativo al repertorio de lágrimas del hombre -en neutro, que hoy por hoy lloramos todos-, porque tras cuarto de siglo sigo sin distinguir tan bien como presupongo las que se basan en la angustia o la desesperación de aquéllas generadas por algún movimiento de alegría o euforia. Por poner unos ejemplos, me estoy refiriendo en realidad a los dos extremos de la balanza de lo sentimental. De hecho, pudiera ser incluso que quienes lloran en el metro lo hagan por el aliento a cebolla de ese tipo que toca el acordeón y recoge las limosnas en una lata de tabaco para pipa, y yo ni me haya dado cuenta.

Hablando un poco más en serio, ya no asigno estas secreciones ajenas en espacios públicos a los fracasos amatorios, sino por inercia a la desesperación que nos sacude al enfilar las pendientes que se envenenan ya desde la cepa. Escribí una vez que las lágrimas debían de ser la unidad de medida de la tristeza, de lo cual diría ahora que además de una cursilada es una reflexión categóricamente ingenua. El catálogo de razones por las que a uno le da por llorar, incluso sin abordar el campo de las benignas, es de una extensión desalentadora. Hay un gen obsoleto que aún nos habita, como a los bares esos jubilados que se empeñan en pagar el vermú en pesetas, que nos obliga a bostezar al unísono en lo que dicen es una sincronización natural que desata algún acto defensivo; bien, a este ritmo de lloreras sin velos de por medio, terminaremos por despertar también a ese cromosoma puñetero que nos hará lagrimar si el prójimo hace lo propio, y ya se las arreglarán para vendernos a precio de oro las sales minerales que perdamos. Aunque de vez en cuando viene bien deshidratarse y tener una excusa somática para echar un trago, no estoy dispuesto a licuarme tan gratuitamente por vía ocular. Y no por falta de tacto -o gusto- respecto a los que lloran impúdicamente en las zonas comunes, o en sus casas o habitaciones de hostal, en absoluto, sino por simple desacato con la crueldad congénita de los que nos hacen llorar. Porque a día de hoy sólo puedo imaginarme que ese anciano a quien acabo de ceder el asiento se ha puesto a sorber sus propias lágrimas por no tener otra cosa que llevarse a la boca. Y que esa chica de mi quinta lo hace porque desde arriba la han forzado a asumir que ya no sirve para ninguna otra labor. Pues que voy a decir, tanteando estos supuestos a mí me dan ganas también, tangencialmente, aunque sea, pero me aguanto, porque como nos pongamos todos a llorar no habrá botes suficientes en este mar de frustración, y porque no me sale de los cojones que quienes nos provocan el llanto piensen haberse salido por fin con la suya. Llorar es en el fondo ese mecanismo de defensa que siempre buscamos, mediante el cual esperamos solucionar cualquier eventualidad, y no un hábito estéril de derrota. O sea, que más nos vale hacerle pensar al buitre que estamos vivitos y coleando, porque en cuanto dejemos de movernos nos dará por muertos y procederá a despedazarnos hasta acceder al tuétano de nuestra cuenta corriente. Es duro, pero vale la pena el esfuerzo. A los espacios públicos, como dice Pérez Reverte de la política, se va llorado de casa. Ánimo.

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3 pensamientos en “Cuando quien llora es el otro

  1. Vaya entrada con sensaciones más mezcladas. Se nota que la escribiste tal como salió, cosa que prefiero.
    La indiferenci al prójimo es una de las señas de identidad de nuestra sociedad, tan avanzada.. Tranquilo, que algún día alguien sentirá pena por ti, por mí, pero será incapaz más que de escribirlo, como mucho. Total, que el enemigo empieza en nosotros mismos, en cada gesto.
    Tranquilo Pik, no te preguntes a dónde estamos yendo, y déjate llevar… es más fácil.

  2. No te tomes tan al pie de la letra cuanto plasmo aquí. El primer párrafo es una simple divagación, algo que no me concierne, pues mi punto de vista está totalmente vertido en el segundo. Sabes que opino igual que tú sobre la indiferencia popular y la escasa virtud de la ayuda mutua. Todavía me resisto a dejarme llevar por una marea tan deprimente, eso es lo cierto. A veces, con tal de poder meter contenidos nuevos al blog, tengo que dejarme seducir por ideas contrarias a las mías, que inexplicablemente consigo redactar con menos problemas. Pero cuando hablo de lo que llevo dentro, creo que se nota ;).

  3. Hace tanto que no te leía! Me ha gustado el texto, aunque tiene un tono deprimente muy alto. Me ha hecho recordar que aún me debes una copia de tu flamante obra.

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