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La habitación tenía sólo tres paredes, dos de ellas azules. En la otra, tiznada de negro, había un cuadro de unos niños levantando una cactus. El artista había pintado incluso motas de sangre en sus antebrazos. Recuerdo que, antes de entrar, aparté con el pie izquierdo una pequeña torre de naipes que se desmoronó a cámara lenta, como si le costara comprender los rudimentos de la gravedad. Según un calendario tirado cerca, estábamos en invierno, pero yo me moría de calor. Las ventanas, también triangulares, estaban pintadas torpemente sobre los muros; había una en cada uno, y en la más grande, me acuerdo muy bien, se encontraban dibujadas unas gotas perfectas de vapor sublimado. Las comparé con las de sangre sobre los brazos de los niños, y comprendí que eran obra del mismo pintor. Esa habitación entera era la creación fantasmagórica de algún genio moribundo. Sus pinceladas se desvanecían antes de acariciar el rodapié, como si las fuerzas de la mano conductora flaquearan en las cotas inferiores del ambiente. De repente olía a óleo. No era desagradable. Lo imaginé pintando delante de mí -dejé antes la chaqueta sobre una silla, pero ésta cayó al suelo, pues era un dibujo más-, con su paleta atiborrada de grumos coleantes. Ahora trazaba una cuadrícula perfecta en la pared negra, lentamente, sin respirar -yo odiaba la perfección y la simetría, aunque seguí mirando su nuca-, y quise meterme las manos en los bolsillos del pantalón, cuando entonces ya no tenía apenas antebrazos. Se habían difuminado y apenas se vislumbraban las muñecas. Era imposible saber la hora sin el reloj que llevaba en la derecha, también consumido. Pero no tenía prisa, y el artista tampoco. Ahora había borrado la cuadrícula, y en su lugar plasmó un tétrico árbol genealógico, de ramas y casillas agrietadas. Crecía de arriba a abajo, buscando el suelo o la aniquilación. No quería pedirle nada aún, sólo esperar su compasión por una chiquilla tan menor que súbitamente había perdido los brazos y con ellos la virtud de aferrar cosas o la vida misma. Yo lo que no quería era renunciar tan joven al placer de devorarme las uñas, ni al de señalar objetos desconocidos cuyos nombres intuía. Él lo entendería. Pintaba con el dedo, sin pinceles, como un creador de universos. Por el otro lado -lo comprobé cuando se giró- llevaba otra nuca, aunque no una segunda espalda -a lo mejor giraba sólo el cuerpo, para no perder nunca de vista su creación-. Me señalaba las casillas del árbol, casi una por una. En todas había escrito mi nombre, pulcramente, usando caligrafía antigua en los superiores y trazos pueriles en aquellas frutas menos muertas, las de la copa invertida. A mí, en vez de ramas, todos los caminos me parecían raíces. Al fin y al cabo, el árbol parecía ser mío en su totalidad, y tendría el derecho de pedirle cómo lo quería, si al derecho o al revés, de madera o, por qué no, de regaliz verde, mi preferido. En lugar de eso le extendí los brazos erosionados, y con la expresión le supliqué me pintara unos nuevos, sólo un poco más largos, para poder alcanzar bien el tarro de dulces de la despensa. Lo hizo sin rechistar. Le quedaron perfectos. También me pintó las uñas, en color malva. Según la luz, parecían moradas, o lilas, o púrpuras, o violetas. Prometí no mordérmelas más, por mucho que lo deseara. Se las enseñé y él asintió conforme. Debía irme, regresar a casa antes de que todos se preocuparan y quisieran buscarme con linternas. Los prados no eran seguros tras el ocaso, ni siquiera para los adultos. Cogí la chaqueta del suelo, estaba helada y escarchada, en el techo también vi hielo y esas espadas colgantes y transparentes cuyo nombre nunca recuerdo. Como volvía a tener brazos, las señalé, y el pintor escribió en el suelo la palabra que buscaba, con pintura de color ámbar. Mis ojos son del color ámbar, le dije, y los abrí para que los viera. Ahora sí debía irme, o además terminaría por coger frío si caminaba de noche en invierno, y se me frunciría la garganta y no tendría otra que beber la asquerosa bebida que en casa se preparaba contra los constipados. El pintor empezaba ya a licuarse por los pies, menguando y dejando una mancha sobre el maderamen de un color que yo no conocía ni sabría nombrar. La señalé con el índice, pero él se encogió de hombros. Entonces, le rogué en última instancia, bórreme la garganta, que no me gusta la palabra, ni me gusta que duela cuando cojo frío, ni me gusta siquiera comer. Bórremela, bórremela. Me hizo un gesto y yo le acerqué el cuello, lo miró sosegado, cogió un dedo limpio de pintura y me lo restregó por la garganta fugazmente. Si hubiera sido un cuchillo, habría muerto rápido y de forma espectacular. Luego cabeceó hacia la puerta -ya no tenía ni brazos fuera del charco para hacer aspavientos- como diciendo que marchara, pero se refería a un espejo colgado junto al marco donde podía mirar su obra ya casi póstuma. Detesto los espejos. Aun así fui y contemplé. Tenía pelo, cara y clavículas, y el resto del cuerpo podía verlo yo misma sin reflejos de por medio. No tenía garganta, me la había borrado. La cabeza flotaba sobre los hombros y parecía firmemente sujeta a pesar de todo. Tiraría los collares, no lograría nunca sostenerlos sin cuello, y me desharía entonces de las pulseras y los pendientes, porque todo eran conjuntos y unas piezas sin otras no podían subsistir. El pintor ya se había desintegrado. No pude reprocharle su falta de previsión. Ahora sería un monstruo, incapaz de constiparse, pero eso a nadie le importaría, pues sólo me tirarían pedradas por fea. Y no lograría arreglarlo jamás, sin collares ni joyas de cualquier clase. La niña bonita crecería hasta ser la mujer más fea del mundo. De cómo fui antes, linda y dulce, sólo darían testimonio aquellos enormes retratos que cada año me hacía mi padre, el inigualable pintor.

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