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Yo suelo estar dispuesto a cualquier cosa, excepto a componer mi rutina a base de hábitos y manías. Por otra parte, y como sucede con los propósitos de Año Nuevo, termino por incumplirlo y se me llenan los días de unos y otras, indistintamente. No obstante, hace poco, mientras acometía la costumbre de pasear después de comer, tuve una revelación que añadió algo de sentido al absurdo hecho de caminar sin rumbo: descubrí la verdadera utilidad de las manzanas. Me refiero a la urbanas, claro está, todos sabemos que la función real de dicha fruta es purgarnos los dientes cuando usar el cepillo se nos antoja demasiado laborioso. Las primeras, como digo, que tienen por órganos viviendas y comercios, se construyen de tal forma para poder ser rodeadas y permitirle a uno regresar al punto de partida.

Se idearon cuando la mayoría sólo se desplazaba a pie, en épocas durante las que el ciudadano medio no tenía mucho que hacer y se dedicaba a deambular. Ni siquiera la llegada del vehículo, fuera de tiro o a motor, alteró el cultivo de este organigrama humano. Me convenzo a mí mismo, sin ningún ánimo en particular, de que la razón de esto procede de los genes: puesto que apenas han evolucionado desde entonces, seguimos sujetos a una idéntica y angustiosa necesidad de tener que dar la vuelta en algún momento. Por eso tenemos manzanas, para poder caminar con el único objetivo de volver al origen. De motivos prácticos o estéticos, ni hablamos.

Quienquiera que las inventara, sabía muy bien de lo peligroso que resulta un movimiento mal planteado en lugares públicos, como puede ser el de invertir el sentido de la marcha súbitamente y sin razones de peso. Aquéllos que no disfrutan de la utilidad de las manzanas, o pertenecen a la élite de la vaguería, prefieren dar la vuelta sin más, pero siempre manifestando alguna suerte de pretexto, sea por ese miedo a quedar como idiotas o por mero instinto. Que levante la mano quien haya osado girarse en plena calle de forma aislada, sin acompañar la maniobra de gestos de apoyo, desde mirar la hora y fingir llegar tarde a hacerse el extraviado o palparse los bolsillos con el terror de quien ha perdido algo valioso varios pasos atrás.

Sí, es algo que nos sale natural, sobre todo en las grandes ciudades. Ahora bien, llegar a deshacerse de ellos es posible, aunque descabellado. No hace mucho lo logré, girarme como un resorte según caminaba, sin miramientos, y el caos que sembré a mi alrededor fue desproporcionado; los viandantes se detuvieron en seco, agarrándose mutuamente unos, otros lívidos y con una tensísima postura de alerta, igual a la que se nos queda cuando perseguimos un animal salvaje que de pronto frena y nos encara desafiante, pasándonos el papel de presa. Ese estado de congelación momentánea, durante el que siempre esperamos alguna desgracia, se convierte automáticamente en agresividad si éstas no llegan, a consecuencia de lo mal que nos sabe el miedo sin anestesia. Aunque no podía concebir que yo fuera entonces el centro del universo, hube de huír a la carrera, espoleado precisamente por la misma sensación que segundos antes había transmitido a mis congéneres.

Pues bien, ahora que he plasmado por escrito lo que venía reflexionando con materias grises, reparo en que todo se reduce a una utilidad superior, a gran escala: la de nuestros hábitos de raza. Gracias a éstos sobrevivimos, pero en la medida que pasarlos por alto se traduce en la propia y absoluta aniquilación. O sea, que la utilidad de las grandes costumbres, aunque me pese, es conservar la homogeneidad social que nos mantiene vivos.  Tal vez las mantenga, en virtud de lo útiles que son, pero no pienso darles las gracias.

tensísima
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2 pensamientos en “En virtud de lo útil

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