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Personalmente, odio las agendas, aunque no puedo vivir sin ellas, igual que el hipocondríaco detesta sus neuras y al tiempo es incapaz de imaginar una vida desprovista de tales partículas. Porque vamos a ver, toda agenda está condenada a convertirse en un trasto inservible, a morir, funcionalmente hablando. Debido a esto, su supuesta utilidad queda eclipsada por la sombra de la defunción desde el preciso momento en que la adquieres. Son un gasto tonto, a fin de cuentas. Y lo peor es que no puedes reclamar ante el vendedor que se trata de una estafa, porque el acuerdo de compra es tácito, o sea, que sabes muy bien a lo que te expones cuando te haces con una. Si lo desconoces, desde luego eres tonto, y todos sabemos que los tontos no necesitan recurrir a las agendas -salvo los políticos, que tienen la costumbre de anotar cada día las banalidades que han de pronunciar, vía oral o anal, de lo lejos que les queda la improvisación en la oratoria-.

Reconozco que una vez intenté devolver una agenda al día siguiente de acabársele la vida útil. El segundo error, tras el primero que fue la compra, recayó en haberlo hecho en una gran superficie comercial donde suministraban un poco de todo, porque quedé como un idiota delante de un adolescente lampiño que además consiguió venderme la moto.

– Esta agenda va mal -le dije-. Quiero que me la arreglen.

– Pero si está perfectamente – me discutió tras revisarla-. Es sólo que se ha quedado sin días para apuntar cosas.

– Pues eso, que me ha durado un año nada más. ¿No tiene dos de garantía? – insistí.

– No, caballero. Eso es para los electrodomésticos.

– Vaya hombre…

– Aunque puedo ofrecerle esta nevera de doble puerta, que lleva integrada una agenda digital en la izquierda.

– Yo es que soy diestro, mire usted.

– Se le puede hacer una por encargo, con la agenda donde quiera. Le daríamos cinco años de garantía por el aparato, pero es posible programarle la agenda hasta el año que desee. El 2100, por ejemplo.

– No tenía previsto durar tanto – le espeté, al borde del colapso consumista.

– La aprovecharían sus hijos. Nuestras neveras son hereditarias, sobre todo ésta.

– Pues póngame una nevera hereditaria con agenda para diestros hasta el año 3000, haga el favor…

Total, que tras el delirante proceso de venta me encasquetaron la nevera con agenda, y hasta hoy no la he llenado más que de tonterías, reuniones absurdas y notas recordatorias que siempre olvido por no poder llevarme el frigorífico a cuestas. Bueno, y de cervezas, yogures, plátanos y esas cosas.

Lo confieso, he intentado perder el hábito de comprar una agenda durante la cuesta de enero, pero he fracasado. Me siento cada vez como si adoptara un pobre niño con leucemia que sólo me fuera a durar unos meses, y la compasión que acompaña a estos casos es idéntica a la que padezco cuando me veo obligado a hacerme con un nuevo ejemplar -de agenda, no de niño moribundo-. Porque sí, es cierto que recurrimos a cientos de artículos que son igualmente perecederos, efímeros, pero éstos no nos trastornan toda vez son capaces de consumirse sin dejar rastro o de ser desechados sin causarnos remordimientos. La particularidad de las agendas, su veneno, es que aun después de muertas nos siguen pareciendo esenciales, y así somos incapaces de tirarlas o darles sepultura. Por no hablar de la incineración, que en el caso de estos cuerpos es una práctica sacrílega. Yo no he conseguido librarme de ninguna desde que me regalaran la primera, a los diez años. Las amontono mecánicamente en los lugares más inverosímiles, y sólo recurro a ellas cuando olvido mi edad y necesito volver a conocer el dato, lo cual es fácil, pues me basta con contar cuántas agendas he logrado acumular y sumarle esa dulce década sin imposiciones fechadas.

Antes del punto y final, quisiera advertir de un ardid deliberadamente nocivo y devastador al que algunos recurren para abandonar la adicción a comprar agendas: reutilizar las de años anteriores. No hay mayor despropósito en estos tiempos. Como es lógico, los días no coinciden ni por favor, y aunque uno intente tachar las fechas pasadas y actualizarlas a bolígrafo, así como las tareas obsoletas, todo esfuerzo es inútil. Al final no sabes ni en qué día vives, de verdad. Lo peor es que te pasas un año lamentable, quedando con gente que deseabas no volver a ver, repitiendo insufribles recados, asistiendo a eventos ya inexistentes, y un penoso etcétera. Además, la mezcla de viejos y nuevos cometidos te deja sin tiempo para pensar en qué demonios estás haciendo con tu vida. En mi opinión, regalar una agenda es como obsequiar con un cilicio, una bicicleta estática o revistas de viajes, o sea, cosas que te hacen sufrir. A mi peor enemigo le entregaría, sin duda, una bonita agenda llena de páginas que le amargaran la existencia, aunque por el momento yo debo de ser mi peor enemigo, porque todas las que adquiero acabo quedándomelas. Resultará que no me soporto; cualquier día, me haré con una de ésas que nacen y mueren en los meses más insospechados, las cuales aborrezco. No es algo improbable, han proliferado tanto que te das de bruces con ellas en cualquier comercio, bien ordenadas en estantes de metacrilato. De momento conservo la de 2010, que es un regalo de alguien que me adora, y se trata de una Moleskine estupenda, la verdad, de color negro y con clase, lo que puede sugerir que todo cuanto apunto en ella son reuniones de gran valor social u obligaciones laboralmente prestigiosas. Ni una ni otra. De momento, sólo he anotado el 31 de diciembre -San Silvestre, según la muy sabihonda- que al día siguiente tendré que agenciarme una agenda nueva. Pero no se lo digan a nadie.

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2 pensamientos en “No se lo digan a nadie

  1. Que quiere que le diga, yo creo que los eventos del fbook han sustituído a mi agenda.. luego se me olvidan las cosas, pero vamos que a mi las moleskine nunca me han gustado

    Mejor un diario o un blog para llevar nota de las cosas güenas.Mi vida social no es tan agitada como para darle un uso útil, una libretilla vale, pero agenda estructurada? Tengo un cuaderno-agenda en el curro y apunto en la primera hoja que abro.

    Me he vuelto una perezosa de la escritura a mano para mi vergüenza.

    Espero que su retiro veraniego le haya servido de algo. Por mi parte tan solo disfrutare de un par de dias libres en septiembre bajo el pretexto de ir a ver a Muse a Wembley,pues tengo en mi poder unas nada despreciables entradas de pista.

    Un abrazo y siga tan locuaz como siempre Sampers!! 😉

    • Te regalaré una Moleskine y ya verás como te acaba gustando ;). La agenda no es para escribir, sino para fardar o complicarse la vida, aunque no apuntes nada. Como digo pasa de ser una utilidad a ser un vicio, de estar a tu servicio a ponerte tu al suyo. Un horror. No hay que dejar la escritura manual, para eso están las libretitas de bolsillo, que una gran bloguera como tú debería llevar a todas partes!

      Muse en Wembley?? WTF?? Eres my idol desde este momento, quién pudiera repetir ese conciertazo!! Espero que lo disfrutes, cosa que no dudo. Un abrazo pa ti y si estás por Madrid no vemos!

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