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He tenido que venir a la mismísima playa para poder estudiar con criterio un territorio que desde casa, muy a mi pesar, sólo podía evocar borrosamente. No me servía haberla visitado año tras año desde la infancia, ni ser capaz de hacer inventario mental de todos los seres y elementos que moran en cada una de ellas, como si fueran una sola. En realidad así es, al menos en España; la costa es única y continua, de lo que se deduce esa homogeneidad litoral de la península -Portugal incluida, que lo ibérico no entiende de mapas políticos-.

No quería venir, pues, a embadurnarme de arena ni a coger el colorcillo de rigor, sino a constatar que la playa es un invento del hombre que desaparecerá en cuanto lo haga la humanidad. O mejor dicho, nuestra raza se extinguirá toda vez se esfumen las playas, primero conceptualmente y después de un modo terrenal. Porque nosotros inventamos la playa y ahora nuestra supervivencia depende de ella más que de la capa de ozono o de los bífidus activos. Y el tiempo me dará la razón, ya lo verán. Fíjense, por ejemplo, en los dinosaurios; siempre he sostenido que murieron del asco, no por cataclismos de telecine dominical, y todo por ignorar la utilidad de la playa como mecanismo de perpetuación de la especie. El homínido fue más avispado y se sirvió de ella enseguida, pero tenía tanto tiempo libre que acabó por convertirla en un espacio neutral en el que esperar a que sucediera algo, ya fuera un meteorito o la dichosa prensilidad del pulgar. El mono bajó del árbol por curiosidad y no supo volver. Caminó y caminó hasta encontrar el único límite efectivo, que era el mar, y junto a él, en un suelo estéril donde no brotaban árboles, le dio por quedarse y evolucionar con tal de no regresar al lejano reino de las ramas. Somos lo que somos por obra y gracia de la pereza, que lo sepan.

homoplayensisTodo esto viene a que no deja de impactarme el comportamiento humano en ese trecho de arena que precede a la dimensión del agua salada, por mucho que se repita verano tras verano. He visto en su salsa a todos los homos que nos ha desvelado la ciencia: los floriensis, los erectus, los sexuales, los sapiens, etcétera, aunque ninguno sabe que en dicho rincón vienen a converger en una nueva familia que podríamos denominar del homo playensis. Me juego una oreja, o los párpados, a que los genes que determinan el modo de relacionarnos con las playas no han variado desde la era de los primeros primates. He aquí nuestra herencia genética más sólida y ancestral. A ver quién me niega que ese ejemplar que veo recolectando conchas con pasión, tan familiarizado con el denso vello que le ocupa la anatomía entera, no es un neanderthal de pedigrí. O que aquellos cachorros de hombre, desnudos y ruidosos, no se entierran vivos tan grácilmente gracias a que un australopithecus perfeccióno la técnica en su día. O que esas hembras que peinan la orilla, brazos en jarras, no son cromañonas que aún esperan la llegada de algo, sea el meteorito de las narices o la menopausia, que es incluso más apocalíptica. Y no sigo describiendo, porque todos hemos ido a la playa y sabemos lo que hay. Sin ir más lejos, esos tizones que a veces vemos nada más pisar las dunas, lejos del agua, y que son restos de las hogueras que los homo playensis confeccionan al caer el sol. Busquen un poco por la inmediaciones y verán como encuentran el palito torneado y las piedras.

Por suerte o desgracia, qué sé yo, estos homínidos evolucionan mucho más rápido que sus antecesores y se las saben todas: cuatro sombrilllas y un hamaca más a mi izquierda hay un homo playensis arrugado que lleva un rato mirándome; se ha dado cuenta de que observo todo con actitud clínica, por no decir quirúgica, y se ha tapado las carnes corriendo, como cohibido, con una toalla granate. Voy a cerrar la libreta, porque su manada es gigantesca y en cualquier momento, a una orden del patriarca, son capaces de saltar sobre mí a amortizar el sílex. Que las buenas costumbres, por prehistóricas que sean, nunca se pierden. Ni aun viajando en turista.

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