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La intemperie era su hogar hasta en los inviernos crudos y mal masticados por el otoño, aunque cuando llovía, como si las gotas abrasaran, él buscaba refugio en cualquier techado o cobertizo, cuando no bancos, árboles copiosos o procesiones de paraguas en las aceras de la gran avenida. No temía al producto de las nubes, ni al frío que provocaba cuando atacaba en masa, ni el motivo de su huida tenía relación alguna con la rabia o el terror a perder la capa protectora de mugre -su armadura más rudimentaria, obsequio de la calle-; sólo la aversión a un líquido no enclaustrado, cuyo ciclo vital se regía por las normas de la libertad, tan puro y dócil como el mismo aire, era la razón de tales actos. Lo terrible y duro de esto era su desprecio a toda bóveda que no fuera la celeste. Bajo cualquier cobijo, temblaba de ira, se estremecía, veía desfilar sus fobias ante sí, pero cualquier cosa antes que dejarse fecundar por la más sutil partícula de agua.

La salvación la encontraba en los fondos de botellas, con las que se purgaba el alma en defensa propia; en ocasiones se Besos a dentelladasamorraba a un vidrio verde y esmaltado,  esbelto como una musa muerta, que otras veces era incoloro, puro, translúcido para todo aquello que a simple vista ya no apreciaba, o pardo y opaco, bajo cuya textura pulida y tétrica podía esconderse cualquier néctar bien fermentado que le hiciera de caldo vital. Desconfiaba de los vasos, despreciaba las tazas, recelaba de cualquier receptáculo que no presentara unas curvas femeninas y torneadas, que no tuviera un cuello que besar y sobre el que plantar una cabeza de carne y marfil; puesto que sólo de las botellas lograba fiarse, jamás le vería nadie sin una de ellas entre los dedos o alojada en algún recodo donde convergían sus ropajes de miseria y su anatomía contrahecha.

Beber como acto de conciliar dos partes de algo dividido tiempo atrás, como un tenaz intento de aniquilarse lentamente y con buena letra, eran postulados de su filosofía alcóholica, tallada en bares y entonada por el mundo con aliento espeso. Los dos túneles conectados herméticamente compartían una respiración de sentido único, densa, empinada; vivía a través de un pulmón de cristal soplado, se tamizaba la mirada con la opacidad de la base, y sobre todo besaba con pasión a la amante venenosa pero única, a las formas inasibles para su envergadura prehistórica: en esa boca o pozo de los deseos sellaba su beso más certero a cada impulso del reloj, sorbía los fluidos que algún espíritu de viña había emanado tras un orgasmo letal, paladeaba un licor insensato, fuerte, y así vaciaba el cuerpo traicionero cuya eternidad se diluía. Entonces succionaba enardecido, como un dios que extirpa un alma con avaricia, y sus besos se volvían dentelladas, convencidos bocados de bestia, y los labios de ella, perpetuamente inermes, se quebraban ruidosamente en partículas que él adoraba masticar, pues, según penetraban bajo la huraña piel de sus fauces, serenaban al monstruo, quien hallaba un nuevo éter que beber -no otra cosa que la sangre de sus propias venas- confundiéndolo con un estertor de la frágil doncella. Se saciaba la fiera, en realidad, sin errores de cálculo, no en vano la savia cuyo corazón bombeaba por madrigueras de cartílago era ya espantosamente idéntica a cualquier alcohol vertido en su garganta de hombre.

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