Home

Semanas después de haber cumplido un año como profesional del mundo 2.0, observo con preocupación los efectos secundarios de tan agotadora labor, a pesar de que la mayoría sólo están esbozados. En esos ratos tontos que suelen personarse fuera del horario laboral, toda vez se aflojan los sentidos, he llegado a aventurar un futuro descorazonador al que me veo condenado sin remedio, y del que no sabría librarme por haber empezado ya a perder toda noción sobre los mecanismos de la vida analógica. Por otra parte, no me consuela en absoluto que esto constituya un mal endémico de todos los que navegamos obsesivamente por las nuevas redes, a título personal o corporativo, pues eso sólo me hace pensar que nos convertiremos en un colectivo incomprendido y al margen de cualquier proceso social. Unos apestados, vamos, si por entonces sigue vigente la expresión.

A pesar de estar perdiendo la capacidad de discernir entre un lado de la realidad y otro -entre el binario y el milenario-  como quien manosea un calcetín a oscuras sin distinguir el anverso del reverso, todavía conservo cierta lucidez para componer en mi conciencia el estadio atroz que me aguarda, y del que me haré cargo cuando no quede otra. Éste es, o será, la conversión de esas dos realidades, la vieja y la nueva, en una tercera dimensión existencial totalmente anárquica y absurda.

Quisiera reconstruir un día de esta vida con cierta progresión cronológica, por conservar alguna clase de orden antes de sumirme en el caos. Empezando por la madrugada, me veo tumbado en un estado de duermevela, confundiendo las cortinas con una pantalla de carga y convencido de que mi cabeza reposa sobre la fail whale de Twitter, en lugar de la almohada. Pero el amanecer no esclarece nada, sino que agrava la confusión; la ventana del dormitorio no es una membrana límpida que la vista sabe atravesar, sino el cuadrado a cuatro colores de Delicious, tras el cual no se extiende un amanecer convencional, sino una compilación de todos los del mundo, que presentan nubes de tags matutinas y van enlazados a su lugar de origen. La próxima parada sigue siendo el baño, por lo menos, pero frente al lavabo la rutina del aseo personal se enturbia; mi mano, pálida y con el índice erecto, va instintivamente hacia una esquina del espejo en busca de un menú desplegable que me permita cambiar la imagen de perfil, de aspecto ojeroso y gesto pixelado. Sin éxito, para mi frustración, la cual se multiplica en la cocina ante la incapacidad de preparar el desayuno con atajos de teclado o de saludar a todos los vecinos de una sentada, aunque sea en 140 escuetos caracteres.

Ya en el metro, me veo varado en las escaleras mecánicas con la extrañeza de quien se pierde por primera vez en un centro comercial, integrado en una fila de pasajeros estáticos que mi mente ha desfigurado por inercia a imagen y semejanza del logo de Myspace. Como no dan feedback alguno ni en el vagón, me entretengo en observar los monitores cuyo canal repite noticias con ansia, angustiado por no hallar el modo de puntuarlo con pocas estrellas o de cambiar a uno mejor al que subscribirme. Entonces se me acerca una mujer extranjera y menuda, como en .rar,  suplicando algo en ventanas emergentes de chat que no entiendo porque no le llega para codificar en UTF-8, mientras me enseña la instantánea de un niño pobre, infectado con una marca de agua, que etiqueto mentalmente al tiempo que busco comentarios a pie de foto para saber si es un timo o simple spam.

Cuando llego a mi estación y gano la calle, no sin antes haberme intentado geolocalizar en el plano esquemático del suburbano, observo con avaricia una bandada de pájaros azules y reparo aterrado en que me he dejado el feed reader en la otra chaqueta, descartando a pesar de todo la idea de volver a por él. Acera a través, con una mueca desaprensiva, estudio el ambiente en busca de menciones, pues me pitan los oídos e intuyo que alguien me está poniendo a parir desde algún mashup, lo que envío directamente a la carpeta de perversiones. Por suerte ya estoy en la oficina y puedo retomar el contacto directo con esa realidad que me es menos confusa, la cual, lejos de sosegarme, sólo me recuerda que no tengo ni tendré jornada intensiva este verano, y presa del pánico me estrujo el F5 con la esperanza de devolver a las cosas el orden lógico que tenían antes de que el mundo enloqueciera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s