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El embrutecimiento colectivo ha sido siempre un eterno negocio; nos parece infame que eruditos y pensadores acabaran antaño en la hoguera por alegar asuntos que hoy son obvios e incuestionables, pero al tiempo no nos produce escándalo alguno que nuestros hombres de ley hagan lo mismo en la actualidad, y no a uno, si no a millones, sepan pensar o no.

Cuanto más tonto es un animal, más difícil es controlarlo. Con nosotros pasa justo al revés. Dale circo al pueblo, como decían los romanos, y que no le falte el pan, que a partir de ahí podrás manejarlo a tu antojo. La libertad ya no se suprime sólo a base de prohibiciones, eso son técnicas obsoletas de manipulación que ya no se toleran; ahora los métodos de contención del ganado humano pasan por la libertad impuesta. Ésta es, inopinadamente, consecuencia directa de nuestra comodidad y falta de iniciativa. No te van a vetar hacer esto o lo otro, ni mirar aquí o allí, pero no tardarás en dejar esos hábitos, pues en lugar de prohibírtelos te dirán qué hacer, a dónde mirar, con quién juntarte.

Pensarán por ti, te mirarán desde lo alto, en tu aburrido laberinto de rata de laboratorio, y tú agradecerás el no tener que asumir responsabilidades, ni acometer esfuerzos intelectuales -al fin y al cabo, cansan mucho más que los físicos-. Trabajarás tus horas y después podrás darte un atracón de pan y circo, y mientras no te falte eso jamás cuestionarás los rudimentos del sistema.

Todos hemos oído esas frases descorazonadoras, vomitadas por nuestros semejantes, sobre todo en fines de semana, del orden de “Ay, no quiero una peli de esas de pensar“, “No habléis de política que ya bastante tengo” o “Ah, ¿pero que tú lees?“. Lo próximo es comunicarse por balidos, y defecar continuamente pelotillas de mierda.

Me consuela, no obstante, ver que a día de hoy sigue habiendo mentes displicentes, espíritus inconformistas que saben esquivar las cortapisas con habilidad y evitar la comodidad del rebaño. Pocos, sí, pero poco puede ser mucho cuando es poco lo que se necesita. No está del todo obsoleto eso de pensar por uno mismo y consolidar una opinión autónoma, inmune a cualquier presión nociva. ¿Cómo fomentarlo? Al que hable de castración química para los necios lo tacharán de genocida, y pongan probablemente  a disposición de las masas para su público descuartizamiento. Más circo, menos letras. Leer muchos libros es peligroso, solía decir Mao, al igual que otros históricos apologistas de la intolerancia.

Pasear por la calle o el transporte público acarrea empaparse de un pesadísimo sentimiento de desolación; caras aleladas pegadas a la prensa amarilla o el best-seller de moda, gestos cerriles escudriñando el vacío, frustración brillando en los ojos de quienes ignoran cómo flotar ahora que no existe agua. Es el resultado del antilectualismo; autómatas incapaces de improvisar o labrarse un futuro a su antojo. Ya ni siquiera saben cómo dominar el presente.

Bienvenidos a la destrucción de las conciencias…

 

 

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Un pensamiento en “Antilectualismo

  1. Muy bonito, Nacho.
    Es verdad que hoy en día casi da vergüenza hasta escribir con acentos. A mí me cuesta mucho porque lo mío no es la ortografía, pero no dejo de intentarlo, jejeje.
    Desde luego que estamos corriendo cuesta abajo y con el culo al aire hacia la caída del imperio romano: cada vez las masas son más estúpidas. Sólo tienes que preguntarle a mi hermano profesor de Historia en un instituto. La única forma de detener esto es con disciplina y con cultura, pero, ¿quién va a proporcionársela al los hijos del futuro?

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