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Subí al autobús asado -servidor, no el vehículo- debido a la carrera desde el metro y el abrigo que gasto, una segunda piel casi de rinoceronte que sólo es útil a la intemperie. En la hora punta de la tarde es imposible sentarse sin nadie al lado, y menos llegando de los últimos. Por eso, mientras uno avanza por el pasillo angosto, cargado de bultos y guardando el abono o las vueltas en la cartera, ha de analizar de modo instantáneo a los pasajeros que ya están acomodados -junto a la ventana, siempre, sus cosas desparramadas en el asiento adyacente- y elegir uno adecuado como compañero de viaje: no demasiado voluminoso, pues invaden el espacio de uno, ni de esos que se pasan el trayecto vociferando por el móvil, ni los que cabecean sin parar, ni los que tosen a los cuatro vientos, ni mucho menos aquellos que tienen pinta de haber visto el jabón solamente en algún documental.

Me instalé, pues, al lado de un muchacho de mi edad o un poco más, con pinta de aseado y tranquilo, de unos 66 kilos y medio, que leía un libro sin prestar atención a nada más. Parecía adecuado, yo pensaba hacer lo mismo. Abrí el mío y recuperé la página por la que lo había cerrado horas antes, en un autobús idéntico. Pensé, aleatoriamente, que tal vez aquel mozalbete pelirrojo de barba bien recortada estuviese leyendo el mismo libro que yo, lo que me hizo gracia -o me la habría hecho de verdad en caso de haber sido así-. No obstante, resultó mucho más cómico descubrir el título de su lectura tras esta repentina y absurda hipótesis; sostenía una especie de biografía sobre San Vicente de Paul, religioso del siglo XVII, de la Biblioteca de Autores Cristianos. Busqué instintivamente un alzacuellos alrededor de su gaznate, pero allí sólo había carne -de cañón-. Debió de ser el cansancio, en fin, lo que me hizo tomar a aquel proyecto de misionero por un joven al uso, y aunque bien podría haber huído por temor a alguna tentativa de adoctrinamiento por su parte, seguí padeciendo más indiferencia que preocupación, y allí me quedé. No me molestaba físicamente, eso era cierto, y mereció la pena conservar la posición. Volví a las líneas de mi libro, entre las que hallé al poco una que me resultó muy divertida, dadas las circunstancias, la cual rezaba algo así como “el profe pensaba que yo era la huella dactilar de la polla de Dios“. Buena metáfora, pensé, y a punto estuve de compatirla con mi vecino, el santurrón. Él seguía a lo suyo, e incluso, llegando a mi destino, cambió la lectura por la del Evangelio 2010, lo que me dio nuevas ganas de preguntarle qué opinaba de las huellas del miembro de su Señor.

Ahora pienso si no sería sólo un interesado en la fe cristiana, con una posición neutral respecto a ella, o un fiero detractor de la misma, formándose para poder destruirla con buenos argumentos. Tal vez si lo sepa -y muy bien- y lo que me genere dudas sea la repulsa a creer que aún hoy los cerebros se lavan a pie de calle y van chorreando por las aceras. Asistiendo a estas muestras de sometimiento, me aterra adivinar cuantísimo nos queda para poder salir a flote como sociedad. También me hacen preguntarme cuándo sere capaz de llevar a cabo todas las ideas peregrinas que se me cruzan a millares por la mente, día tras día, y que probablemente me librarán de dudas peludas como esta. Dios proveerá…

 

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