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Esta mañana, cuando me senté frente al ordenador dispuesto a escribir un artículo sobre la ceremonia del té en Japón, comprobé con aprensión que mi teclado había muerto. Logré evitar un grito de asco o espanto para no alarmar a la pantalla, que aún dormía, pero el ratón -madrugador empedernido- me vio, comprendió enseguida el panorama y corrió a refugiarse en un orificio que hay en el rodapié. Superada la sorpresa, abrí el procesador de textos  por inercia e intenté reanimar al teclado escribiendo unos versos evocadores, pero ni una sola letra se materializó sobre el papel virtual. Debía de llevar muerto varias horas, estaba helado. Si bien su condición inerte seguía intacta, había adquirido un siniestro aspecto de adorno y, por tanto, de artefacto inútil, como una silla de dos patas. Estuve un rato pulsando la letra equis en vano -pensando que una sobredosis de erotismo tal vez lo despertaría-, y enseguida descubrí que el teclado no era, como el propio ratón u otros periféricos, un ser informático con entidad única, sino un complejo microcosmos que había quedado arrasado por completo. No tenía, pues, la sensación de estar palpando un cadáver, si no varios, muchos, todo un camposanto. El sepulcro en sí era, como elegida por unanimidad, la barra espaciadora, donde se habían amontonado todas las letras del alfabeto, cuyas teclas lucían ahora un riguroso color negro luto. Esa caprichosa disposición me proporcionó la  noticia de la muerte, pero no entendí, a pesar de todo, que la letras no hubieran permanecido al morir sobre su sitio, o en el envés de cada tecla, que está hueco y parece un sarcófago. Por alguna razón de orden jerárquico, su obligación era yacer anárquicamente en la fosa común que hasta ayer servía sólo para separarlas en palabras. La que habían formado sobre la barra, un vocablo gigantesco, era tan ilegible como impronunciable. El caso es que todas las demás teclas conservaban su número o signo dibujado, como si lo único perecedero del teclado fuera el alfabeto; los imaginé, quizás, como elementos del mobiliario urbano, o estancias habitables, o incluso como seres con vidas insignificantes pero consistentes. Comprendí que las pobres letras no eran más que esclavas de una cadena de producción, las cuales, al terminar su vida hábil, se desechaban con los métodos espeluznantes de un campo de concentración. En eso calculé que ya debería haber escrito el primer párrafo del artículo y me puse nervioso. Fui a sustituir el teclado por uno nuevo para ponerme a trabajar, sin exequias ni despedidas, y entonces reparé en dos letras que no se habían movido del sitio: la eñe y la ce cedilla, cuyas posiciones separaban la diéresis y un corchete zurdo. Deduje sin esfuerzo que no eran sino el dios y el diablo de aquel cosmos, con su aureola y cola puntiaguda respectivamente, y volví a caer en un estado de desconcierto existencial. En el fondo, pensé, todo sistema de vida se sostiene sobre dos poderes enfrentados que acaban destruyendo cada elemento que se encuentra a su alrededor. Los teclados, que más que mundos son las herramientas para crearlos, pueden albergar todas las consecuencias de la creación en un reducido espacio, y no por ello dejamos de asignarles la condición de objeto vulgar. Sólo sabemos ver, al fin y al cabo, a través de los ojos, y normalmente nos cuesta. Tampoco es sencillo relacionarse con la realidad empleando la misma intensidad en todos los sentidos; el temor a percibir algo desagradable se multiplica insoportablemente. De hecho, aunque llevo un buen rato escribiendo con el nuevo teclado -que además palpita- todavía tengo los dedos fríos.

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Un pensamiento en “El frío mundo de las letras

  1. Yo también siento el frío de la cadena de producción que transmite mi teclado; me temo que la única forma de calentarlo sea darle brío sin parar, con éxito o sin él.
    Aquí te dejo la lista de pelis de Werner Herzog que te recomiendo encarecidamente:
    ·El enigma de Kaspar Hauser
    ·Corazón de cristal
    ·Fitzcarraldo
    ·Encuentros en el fin del mundo
    ·Grizzly Man

    Un abrazo

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