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Hoy en la calle se percibe cierta convulsión. La nieve apenas ha conseguido retener a la gente en sus guaridas, y ha terminado por ennegrecerse en los alcorques y cunetas de la ciudad. Empieza a escucharse la coletilla de “la cuesta de enero”, aunque este año parece que sea más hacia abajo que hacia arriba, por la precipitación con la que se desplaza todo el mundo. Ya caducó el periodo navideño, y sin embargo apenas ha variado la agitación que le es característica ni se han esfumado las aglomeraciones que tan odioso lo hacen. Esta suerte de resaca me ha recordado a los episodios gástricos que suceden a una mala digestión, cuando nos suben desde el estómago hasta la garganta uno efluvios corrosivos que recuerdan el sabor de lo ingerido. Parece evidente que al nuevo año le ha resultado bastante indigesta la Navidad, y ahora le está repitiendo como a nosotros una merienda atropellada.

Esto me ha llevado a pensar que la gran nevada es, un año más, un pretexto oportunista del invierno. Los años nuevos, que parecen conservar la veteranía de los viejos, conocen las artimañas para ser asistidos; basta una buena ración de nieve a tiempo para conseguir que le esparzan toneladas de sal (de frutas) por toda su corteza, el mejor remedio posible para una digestión pesada y difícil. Así, mantienen a los humanos encerrados en sus casas y descansan de su ir y venir cansino, y al tiempo se purgan con la sal providencial, que termina de disolver el espíritu navideño y otros parásitos.

Estamos muy acostumbrados a que al dulzor navideño -más presente en roscones y turrones que en la gente- le suceda esta salobridad de la resbaladiza cuesta de enero. Muchos consiguen retomar las viejas costumbres que se adoptaban con la llegada de las nieves, como la de disfrutar en familia de un día de bolazos y muñecos blancos, mientras que otros pocos deben renunciar a ellas y aventurarse nerviosos en las calles, pues implican un fulminante despido laboral. Tanto a unos como a otros se les llena la boca de un regusto amargo por la situación, completándose así, junto con la acidez de estómago que dejan tantos atracones consecutivos, el catálogo de sabores típico del tránsito entre años.

Os deseo un 2010 fácil de digerir… o mucho bicarbonato moral en su defecto.

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