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Hasta entonces, la cocina había sido para mí como la selva del Amazonas, un territorio inexplorado. Nunca tuve necesidad de quedarme en ella más allá de unos minutos, el tiempo que tardaba en expoliar la nevera o cruzar hasta la terraza para desterrar mi fétido calzado. Todos los demás elementos eran prácticamente invisibles, incomprensibles incluso; me aterraba la vitrocerámica, que se ponía roja como un semáforo según donde plantase el dedo, con el riesgo de perder las huellas dactilares si no se era muy docto a la hora de hacerlo. Ese era mi caso, por desgracia, y cuando aquel día me quedé solo y sin comida, el pavor tiñó de blanco mis mejillas. Tocaba enfrentarse a ese monstruo plano y deslizante, de apariencia inofensiva, pero un traidor a la postre, mucho más que el abominable cuchillo jamonero que sembró de cicatrices mis manos durante años. Me encontraba abandonado en aquella cárcel alicatada hasta el techo, plagada de electrodomésticos siniestros, sin saber por dónde empezar a fraguar el desastre. Por supuesto, la idea de abandonar se paseó por mi mente varias veces, hasta que el hambre se hizo más grande que el miedo y no me quedó alternativa. Como todo chef novato decidí empezar por lo fácil. Una vez estaba la sartén sobre su placa correspondiente, comencé a pelar una cebolla y a pensar qué demonios hacer con ella, aunque eso significase acabar con los ojos rojos propios de un besugo. Al fin y al cabo, el ser humano tiende a sufrir por puro vicio, como los faquires (ellos tienen más de humano que cualquiera de nosotros, al contrario de lo que se piensa). Con decisión, me dispuse a hacer un sabroso picadillo, pero en cuanto hendí el cuchillo oí un alarido espantoso.
-¡Ay,ay,ay!- se quejó la cebolla.

Solté el arma del crimen inmediatamente, mientras retrocedía espantado. El pobre vegetal yacía sobre la tabla casi partido por la mitad, lloriqueando sin parar. Yo no podía articular palabra de la impresión, pero ella desató una verborrea impropia de un ser tan soso e inanimado. Hablaba y hablaba, y yo escuchaba atónito. Me contó su triste vida, cómo la separaron del resto de la familia y que incluso tuvo que presenciar el asesinato de algunos miembros a manos de un recolector sin escrúpulos. No tenía ni idea de que las cebollas sintiesen y padeciesen como nosotros. Comencé a sentir una profunda tristeza por tanta desdicha según seguía desgranando su lamentable existencia. Al parecer, en el cajón de la nevera todos le hacían la vida imposible por su olor pegajoso, lo que la tenía sumida en una depresión permanente.
-Hasta los pepinos, que son todos imbéciles, se meten conmigo – dijo con voz mustia.

Yo odiaba los pepinos con toda mi alma y por eso me sentí rápidamente identificado con mi nueva y picante amiga. La pobre, agonizando, estalló en lagrimas. Había algo contagioso en la levedad de su llanto; enseguida noté como mis ojos se humedecían y empecé a llorar también, al unísono. Corrí a darle un abrazo para intentar consolarla, con tan mala suerte que se me escurrió al apretarla contra el pecho y voló grácil hasta posarse en el aceite hirviendo. Un nuevo grito resonó entre los azulejos, y ya no se oyó nada más. La rescaté del dorado infierno con cuidado y la serví en un plato elegante, porque se merecía el más lujoso de los sepelios. Antes de sentarme a la mesa abrí el cajón de las verduras y eché una terrible reprimenda a todos los inquilinos, que me miraron acobardados. Con un sentimiento de culpa inimaginable, me fui llevando las suaves capas a la boca y las mastiqué lentamente, paladeando la mismísima muerte. Sabía deliciosa. Eso era un auténtico cadáver exquisito y no el juego que idearon Tristan Tzara y sus dadaístas. Una vez saciado, me marché al cuarto de estar a hacer la digestión y honrar su memoria. Quizá hubiese querido que esparciese sus restos en algún lugar concreto, como quién difumina un atardecer en el Mediterráneo con las cenizas de su bisabuela, pero la idea de regurgitar me pareció siniestra. No eran horas de andar exhumando nada. Al poco llegó mi madre, que al verme tirado en el sofá tan taciturno y cariacontecido se asustó. Sólo le explique brevemente lo sucedido, que acababa de asesinar a una amiga y además había devorado su cuerpo. Ella mezcló una sonrisa forzada con una mueca de espanto, al tiempo que hurgaba en el bolso a escondidas buscando el móvil para llamar corriendo a las autoridades.
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