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El señor Blas se remangó con la lentitud del hombre interminable que era; enseñaba la cicatriz del antebrazo a los parroquianos, como cada velada. Ya ni siquiera le ponía entusiasmo al presumir, la mostraba por inercia o puro hábito. Diecinueve puntos, cosidos el día diecinueve de algún año remoto, tras un bayonetazo errático… Algunas noches de afluencia masiva eran más de veinte, por eso sólo dejaba ver la estela de guerra fugazmente, impidiendo a cualquiera contar cuántos constaban. Nadie era capaz de distinguirlos estando repleto de vino y orujo, ni con todo el tiempo del mundo.
Con cada chato de vino servía una tosca loncha de queso rancio, de un descomunal y eterno ejemplar. Dejarla en el plato era un mal gesto a evitar, algo parecido a mear en su propia cicatriz con desprecio. Cierta vez, un muchacho nuevo que iba de paso a la ciudad osó engullir sólo meda ración, acompañando el masticar con una mueca de desaprobación ante el estado catastrófico del queso. Al final hubo de comerse entero lo que quedaba de la pieza, tendido sobre la barra, el propio Blas y sus cien kilos apoyados en el lomo quebrado, quien luego lo arrojó a través de la ventana con pasmosa rutina.
Todos acudimos al día siguiente con una sonrisa taimada esculpida entre las comisuras; el queso había desaparecido por fin. Se había ganado el sobrenombre de “La piedra filosofal” tras años incontables ejerciendo de tapa obligada de un modo tan misterioso. Blas había dispuesto varios vasos sobre la barra de mármol roído, que encontramos nada más hacer acto de presencia, cada uno acompañado por dos generosos tacos de queso aceitoso y ocre. A su espalda, un enorme ejemplar de La Mancha reposaba en la encimera, a medio cortar, fingiendo ser una sonrisa de burla. Nadie halló un vocablo suficientemente terrorífico para bautizarlo.
El de Blas era el único bar del pueblo. El pueblo era el único espacio habitado en veinte kilómetros a la redonda. La fatalidad se empeñó en que el forastero que mascaba tabaco decidiera alojarse allí por dos días. Durante el primero no abrió la boca en el bar, ni bebió alcohol, ni probó bocado alguno. Lo apodamos ‘El pensador’, pues se acodaba en la mesa y clavaba la vista en las vetas de la madera, adoptando una postura muy académica. Durante el segundo calcó dicha pose en la misma barra, delante del propio Blas. Pidió una cerveza y la bebió a sorbitos a lo largo de una hora, ignorando por completo el mendrugo de queso arenoso que había florecido junto a la jarra. Una vez dio cuenta de ella, pidió otra sin apenas levantar la mirada. Todos los presentes recurrimos al gesto instintivo de entornar los ojos para evitar que las salpicaduras de sangre nos los nublaran. No hubo más derramamiento que el de otro medio litro de cerveza en la jarra sobada del forastero; de nuevo, Blas colocó a su vera un plato mellado, el doble de grande, con dos pedazos de queso y un currusco de pan. El foráneo reemprendió la liturgia de beberse la rubia en pequeñas diécesis. Las fauces del rollizo posadero crujieron.
– Es posible que esos trozos de queso suyos sean tan pequeños que usted no haya llegado a verlos…
Cuando sus miradas convergieron, las bombillas flaquearon y quisieron desvanecerse de puro pánico. Cuando el extraño aferró el plato con dos dedos y lo acercó para sí, nosotros dejamos escapar discretamente el aire que llevábamos una eternidad conteniendo entre las costillas. Cuando lo depositó en el suelo tras escupir el tabaco sobre él y acudieron los gatos a devorarlo, alguien se meó encima y nadie se alarmó por ello.
El más joven, pardo y medio cojo, de nombre Polvo, lamió el regalo y rehusó hincarle el diente a semejante ofensa gastronómica. El Perdigón, cascado y curtido en hambrunas, engulló buena parte masticando ruidosamente, acaparando toda atención. Nada más aconteció durante su ingesta. Toda vez se sació, dio media vuelta y enfiló la mesa grande del fondo, donde le esperaba el compañero aún hambriento; más o menos a mitad de camino, en el vértice geográfico del local, volcó violentamente y consonó eructos y estertores a modo de despedida.
Blas despegó al malogrado de las baldosas y lo llevó a la cocina. Después salió con la escopeta en ristre y le reventó las tripas al recién llegado sin pestañear. Nos echó a todos del bar con una pavorosa paciencia, empujando hacia la portezuela a los más ebrios que, como los demás, miraban embelesados la extraña figura que los intestinos del desconocido habían formado al desparramarse sobre el enlosado; pareciera una cabeza de perro ladrando furioso.
El aforo fue idéntico la noche siguiente, si bien ninguno de sus miembros fue capaz de avistar el queso en todo el bar. Donde antes yaciera, se erigía un esbelto caldero de hierro colado, humeante, babeando un penetrante olor a caza, del que Blas iba sacando con un cucharón medio doblado generosas raciones de carne hervida y patatas para hacer de carabina a veinte vasos de vino, dispuestos como un pelotón de fusilamiento sobre la barra.
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