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He soñado con la muerte, he soñado que estaba muerto. Si de verdad es así, entonces ya sé lo que es, y no merece la pena. Se resume como la nada. Únicamente al principio -y no sé por qué gracia o indulgencia del administrador de la muerte- podía disfrutar de una emulación vital y hacer casi lo mismo que cuando vivía, aunque en este sueño no recuerdo haber sido un ser vivo siquiera, y tal vez la vida en dicha ensoñación fuese un concepto distinto al conocido, tampoco lo sé. Quizás la entrada anterior de este blog, que efectivamente versaba sobre esta antítesis, me haya hecho soñar con la parte desconocida de la dualidad. El caso, en la mitad llevadera todo resultaba igual, pero no estoy seguro de si yo era visible o no. A veces, me convencía de ser evanescente, y entonces podía ver miedo o desconfianza en los conocidos que a mi alrededor contemplaban cómo manipulaba la realidad y sus objetos, los cuales parecían tener vida propia. Valiente paradoja, sin tener vida en mí lograba transmitirla a seres inertes e inanimados. Tal vez me volviese invisible con tan sólo planteármelo. Se parecía a un estado de duermevela, con su certeza desvaída, que de hito en hito se difuminaba y me permitía cavilar unos instantes sobre mi propio fallecimiento. No puedo creer, me repetía, que ya haya muerto. Resultaba tétrico, descorazonador, inaceptable, aun siendo casi un calco de lo ya conocido. Mi propio óbito, un verdadero despropósito. Al fin y al cabo, estaba al otro lado del espejo y todo podría parecer igual, sin serlo. No, desde luego no lo era, aquello apenas llegaba a ser una imitación desvencijada sin la esencia del patrón original. Con el salto de una a otra se perdían todos los detalles y virtudes que hacían genuina a la vida, y que la muerte imitaba burdamente durante un tiempo y por alguna razón inexplicable, como una fotocopia. Pero ya digo que esto era coyuntural. Tras un fugacísimo fundido en negro y una vuelta efímera a la existencia desvaída, todo se sumía en la espesura azabache que en realidad era la muerte. En ella no se podía mover uno, no podía verse, y cuando creía distinguir un sonido -casualmente familiar, una voz, pura sugestión- me desplazaba torpe hacia allí, a través de una atmósfera viscosa e impracticable, densa como el alquitrán. Sí, así era exactamente. Y no recuerdo hallar nada más que nueva oscuridad. La muerte en sí resultaba peor que cualquier ensayo sobre ella. Morir, si así resulta ser, es la nada, es dar palos de ciego y estar sumido en la espesura del hastío hasta enloquecer. Después de la vida no hay nada, literalmente, o hay nada, que dirían los latinoparlantes. Morir… ¿para qué? Si iba a ser aun más aburrido. De todos modos, al despertar no me atreví a etiquetar esta visión como pesadilla, a pesar de habérseme presentado bajo un tegumento muy similar, y medité entre sábanas y el siguiente sueño si aquellos que creen en una segunda existencia perderían su fe en ella tras padecer una revelación tan coherente. Sí, demasiado acertada, fidedigna, demasiado creíble, no se por qué. Lo asumí, ya digo, como una dimensión de alquitrán, a pesar de no haber estado nunca sumergido en él. Son deducciones lógicas. Alquitrán… el alquitrán es la muerte, quizás por ello haya tanta gente que pierda la vida en la carretera. Deberíamos conducir y desplazarnos sobre algo más suculento. Nieve templada, por qué no. Puestos a pedir…

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