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Cuando decide caminar lo hace sin apenas interés por los pasos dados y a dar, sobre trazadas poco rectilíneas, como si le hubieran hecho los pies atropelladamente en una tarde de aburrimiento y funcionasen a medias. Pero al fin y al cabo es caminar, porque llega a donde quiere llegar. A veces piensa también a la mitad, respira a la mitad, mira a la mitad, o sólo precisa de la mitad de los parpadeos que de costumbre, como un tic que se va curando, pero de esas cosas nadie se da cuenta, ni siquiera él, porque esa noción siempre se le queda en la mitad con la que no va pensando. Y consigue lo mismo que todos aquellos que malgastan energías en cada cometido. Él profesa el pragmatismo, raciona su vida igual que los que mueren en el desierto racionan el agua hasta el último día, cuando creen ver la flor más bella del mundo, la que crece sólo en sueños suyos y de pronto sobre la arena -el humus dorado de la ensoñación-, y entonces la riegan y gastan todas sus reservas en ella, las de agua y las de afecto, de esperanza y de tesón, y se quedan abrazados a su tallo hasta que apuran también las últimas gotas de vida del odre errante y agrietado que son. Él siente que se agrieta a veces, cuando camina y cuando no, pero eso tampoco lo nota nadie, porque él sólo se cuartea por dentro, a él se le arpa un alma mal lubricada, y los demás ven únicamente una cara en la que se ha doblado una sonrisa. Procura andar por caminos vacíos, serpenteando, a pasos acelerados y cortos, tal como la vida transcurre por él, viscosamente, con una textura de lija, y al final siempre hace morir esa senda suya en el mismo punto; un punto que no es un final en sí mismo, ni una clausura, sino un vértice inseguro, difícil de atrapar como una mariposa fea y grís que, como él, vuela rápido y dando bandazos mientras las bellas se pavonean con alas vagas para dejarse ver, delicado como el polvillo que las sostiene, un punto que se estropa igual si se manosea y no es tratado dulcemente, como las flores de élitros que germinan en páramos esteriles. Él mira el vértice desde lejos, aunque lo hace a medias por miedo a destruirlo, pues lo contemplaría con todas sus fuerzas si se le dejara elegir, y lo toca con manos invisibles para no desgastarlo. Y cada tarde, cuando el camino se le extingue, da un paso más que el día anterior, alargando la huella dejada por aquella serpiente que le muerde la vida, y se queda más cerca del vértice donde brota el ángulo de la satisfacción, donde quisiera apoyar ambos pies y saltar para cambiar la trazada del camino y comenzar la segunda mitad del viaje, con mucho cuidado de no pisar la flor que allí ha crecido, ha visto ir creciendo en el légamo de la rutina, su flor en su desierto, la que le mete todas las mariposas del mundo en las tripas, su flor en su vida arrasada, que no está a medias porque ya se le ha llenado de años, que espanta como a moscas insolentes golpeándose el pecho, allí, junto a su flor, su mitad, que no es sino la pura compleción de sí mismo, golpeándose el corazón, avisándole de que nunca le permitiría amarla con sólo la mitad de sus fuerzas.
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