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Cuando aún dudábamos de la impredictibilidad a la que se supone están sometidas las noches en Praga, recalamos voluntariamente en una lúgubre madriguera de cerveza -teórico manantial de inspiración para artistas y bohemios- conocido como Duende, por recomendación interesada de dos de sus dueños, un fornido cuarentón checo que se filtraba vodka como si de agua se tratase y un pusilánime y engreído ricachón de Washington. Era noche fría, como casi siempre, y la cercanía del río acentuaba la ferocidad del otoño, así que sin vacilar nos adentramos puerta a través hasta la primera sala del local, donde se establecía la barra, tras la cual se parapetaba una camarera de glóbulos rojos en duermevela, quien contemplaba con ojos entornados a la clientela. Ésta había conquistado todas las mesas de la primera estancia, que ya apuntaba maneras en cuanto a aleatoriedad decorativa, por lo que nos desplazamos hasta la segunda mediante un angosto pasillo empedrado que hacía las veces de túnel entre ellas. Bajo la seguridad del arco, escudriñamos antes de sentarnos el panorama que se había coagulado en aquel espacio y aquel tiempo, ambos de dificultosa catalogación, así como los seres que lo estaban digiriendo: un grupúsculo de angloparlantes en una de las cuatro mesas -la primera a la izquierda- y dos hombres de aspecto local en la que tenía a bien descansar al fondo a la derecha. Un coctel de osadía y desconfianza nos llevó a obviar la más cercana y acomodarnos sobre aquella que dormitaba junto a la pared más alejada de la boca que nos había vomitado en ese inclasificable rincón de Praga. Al punto acudió la camarera de la sonrisa enclaustrada, a quien ordenamos dos tragos rubios. Durante su lenta escancia observamos las composición de las paredes ocres que soportaban la baja bóveda: de ellas colgaba graciosamente una colección de imágenes y tallas de naturaleza dispar… un Buda sonriente, una foto de Bruce Lee pintarrajeada, un lienzo colorido gobernado por una virgen indígena que charlaba por un teléfono móvil, un tapiz de Jesucristo amontonando ovejas, unas cortinas de esparto moteadas de pavos reales, un puzle de sus Satánicas Majestades… Nos sirvieron, y entre tanto estudiamos con atención a los dos hombres que conversaban no muy lejos de nosotros, claramente sometidos a la tiranía de las muchas cervezas que sus hígados venían soportando aquella noche. El uno, de unas tres décadas de edad, hablaba con vehemencia al otro, de medio siglo como mínimo, quien callaba absorto sin parecer escuchar la verborrea de su interlocutor y solo asentía de cuando en cuando, probablemente por palabras que ya resonaban en el interior de su mente. Reparamos en que en la única mesa desocupada, donde reposaban tres vasos y sus correspondientes últimos tragos olvidados, se había entronado un joven de aspecto desaseado bajo el embrujo de alguna sustancia perseguida por la ley, el cual se hizo cargo de aquellos tres posos de cebada y volvió a ser engullido por el túnel. Acto seguido, el más joven de los dos vecinos se arrastró hasta nuestra mesa balbuceando en checo, traduciendo después ante nuestros rostros de incomprensión: quería lumbre para prenderse un cigarrillo. No pudimos proporcionárselo, y regresó a su sitio con torpeza, disculpándose exageradamente por haber disturbado nuestra velada. No nos sorprendimos del todo cuando le vimos extraer un mechero del bolsillo de la chaqueta y procurar pira a su cigarro, pero si temimos por la integridad de su compañero cuando trató de encender el que le correspondía a él, confiando en su pulso oscilante, a punto de aplicar la llama a la luenga barba del amigo en vez de al extremo del quebradizo cilindro. Controlamos las risas al tranquilizarnos la extinción del fuego, mientras el joven de la higiene distraída regresaba para dar vida a su marihuana liada en un papel con el vértice incandescente de una de las velas allí congregadas. En la mesa que antes había esquilmado estaban ahora dos hombres algo mayores que nosotros, contemplándonos con ojos pícaros e intenciones no exentas de lascivia, y el más anciano de los vecinos despertaba a su lengua del letargo y gritaba casi a su colega, sin que entendiéramos el motivo de su enfado ni el contenido de sus reproches. Pidió un café, aparentemente harto de la cerveza, para dejar otra vez en coma sus cuerdas vocales y retomar el gesto triste del artista que ha perdido su motivación o su musa. Desaparecieron los observadores de la acera opuesta pero regresó el adorador del cannabis, aún mas hechizado por él, y tras enojarse inexplicablemente con las cortinas de pavos reales, que todavía no habían abierto la boca o las costuras, se colocó una bolsa de plástico en la cabeza y se esfumó, para volver al poco y sentarse a leer un periódico con deficiente atención. En ese instante mi compañero y yo nos miramos, y sin añadir palabra fuimos a la barra, abonamos nuestras cervezas -más caras de lo habitual por una especie de impuesto sobre la inspiración- y nos dejamos caer sobre la acera helada, parpadeando confusos sin saber muy bien qué clase de vórtice espiritual habíamos tenido a bien visitar aquella noche que así comenzó.
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