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Era jueves cuando la cabeza de Ernesto se transformó en un libro de tapa rústica y papel lacado, en cuyo lomo apareció grabado su nombre como vestigio de la vieja personalidad. Le disgustó tener que peinarse con raya en medio obligatoriamente, pero le consoló la brillantez que había adquirido tras la conversión; aunque su madre, aterrorizada, lo echó a escobazos de la cocina, él fue capaz de esgrimir una docena de razones para defender su respeto y derecho a la vida -paginada o no-, que si bien fueron ignoradas por ella y el resto de la familia, convencieron al librero del barrio para que lo contratara de relaciones públicas. Así, Ernesto entretuvo a vecinos y foráneos con peroratas y soliloquios, reconquistando su afecto, e incluso conoció a quien después tomaría por esposa, una joven de piel satinada que le dejara el teléfono escrito en la primera página de su cabeza.
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