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Se mire a donde se mire, uno tiene la sensación de vivir en un agujero horadado a golpe de imprudencias morales. No todos los huecos tienen paredes o límites contemplables; en el nuestro, sin ir más lejos, éstas se erigen a partir de prejuicios y valores de nulo pedigrí, cimientos que junto a la ceguera fraternal de los homo sapiens forman una urdimbre tan invisible como pesada e infraqueable. Y lo que es más grave, sin fecha de caducidad. Porque la intolerancia humana ya nació siendo anacrónica, un sinsentido. ¿Se puede llegar a ser una caries dentro de la propia caries? Cuanto menos, es viable vivir ahí incrustado, pero no tanto convivir con congéneres ya podridos de serie, autoproclamados los contaminantes del elixir social. La perentoria tarea de sanar éste, nuestro agujero, pasa por erradicar aquello que lo ennegrece y deteriora, si bien el cometido obliga a convertirse en algo muy parecido a aquello que se destruye. Es, digamos, el arancel por un beneficio que siempre se hallará al otro lado de donde nos encontremos, y que a cada cual le saldrá más o menos caro, según el valor de la cuenta corriente de su conciencia. El mundo necesita una endodoncia de guardia, es evidente, y hasta que no se descubran nuevas piezas de marfil a estrenar, habrá que esmaltar y depurar la actual. Al menos estos días de nieve tiñen de blanco una caries que es apenas un hábitat carbonizado.
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