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En Praga los rincones gestionados por la muerte también conservan la belleza de cualquier otro espacio construido para la vida. Este cementerio de Vinohrady lo demuestra; aun siendo un oasis de aniquilación destila imponentes efluvios de existencia, es un ente tan integrado en la urbe como al margen de ella. Las tumbas son auténticas piezas de arte, desde las más mugrientas hasta las que yacen sobre el humus sin dejarse leer epitafios ni fechas sobre el propietario que ya nada puede poseer. Estas dos me parecieron especialmente imponentes, más que los pequeños mausoleos o las que iban acompañadas de bustos del finado. Sobre todas ellas se extiende una maraña de ramas y hojas, un laberinto de savia que se inyecta en el suelo donde un submundo de cadáveres aguarda, quizás alimentándose de ella. Beben del jugo de la naturaleza pura que los cubre y oculta. Todo el camposanto se rinde a la penumbra de los vegetales; los árboles forman cúpulas mohosas, odiadas por el sol, y a sus pies se arremolinan hongos de aspecto inocente, sin duda germinados con la semilla de la muerte, que también se adhiere a las hojas secas desterradas por el otoño, las que cubren cada rincón, cada sepulcro, cada avenida de cuerpos sepultados. Es un manto ocre que adopta el color de la propia piel humana al volverse inútil, pudrirse, compuesto al tiempo por el verde de otras tantas hojas sanas que por alguna razón yacen junto a las caídas. Imitan el ritual humano de visitar a los ausentes, calcan la costumbre global de no ignorar a los que no pueden ver ni ser vistos. Tras unos minutos entre la sombra y la escala de grises y pardos, se confunden todos los elementos: la piedra, el mármol, el frío, la tierra, la carne invisible, los fluidos reemplazados… Entonces uno concibe el entorno como eso, un ser con algo parecido a la vida que se compone de muerte y putrefacción. Con todo, la sordidez del óbito se diluye aquí con tremenda facilidad; es un paisaje más, idílico y tenebroso a la vez, mezcla que en realidad lo hace más apetitoso. Cuando salí por la puerta desvencijada, todavía conmovido, varias piezas del rompecabezas que se desplegó en mi mente al llegar a Praga fueron agrupándose. Nadie quiere abandonar gratuitamente la ciudad, sustrato o atmósfera; todos se quedan, en especial los muertos, quienes asimilan la calidad de la madera del devorador de carne que los hospeda y se transforman, creando arboles, naturaleza con alma humana, y reemprenden el proceso de todo ser. De sus ramas y troncos se extrae después la materia prima que da lugar a las omnipresentes marionetas, humanoides articulados de gesto inmutable que no son sino la reencarnación favorita de los lugareños. Sí, es poco lógico vivir con la perpetua expresión hierática de una marioneta y tras fenecer desear ser una de ellas al cien por cien. Son muy tradicionales, pero no se dan cuenta de que una vida de madera enmohece el alma. Ésa podría ser una explicación a su hosquedad. Por otra parte, los visitantes de Praga se contaminan sin saberlo de esta vorágine de cuerdas y texturas vegetales; esa sensación de flotar que se tiene al deambular por la ciudad es simplemente la que padecen los títeres cuando son manejados por dedos ágiles y periciosos. Praga es simplemente el teatro de marionetas del mundo, un rincón plagado de escenarios que sólo tienen cabida en los relatos fantásticos, y por ello estar aquí es un cuento de hadas de final aleatorio, una representación inevitable ante la que hay que rendirse. Quien quisiera que creara nuestro hábitat era seguro un docto titiritero, poco precavido también, pues aunque reservó un espacio para su afición, se le quedó pequeño, y por eso siempre acaba enredando todas sus marionetas entre sí. Probablemente ahora tenga cuerdas en mis dedos y no esté escribiendo con plena consciencia, pero al menos estas hebras invisibles no me amordazan las manos, ni lo harán.
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