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La policía encontró el cuerpo tumbado en la bodega. No había marcas de violencia a primera vista. A escasos centímetros estaba un hueco donde, horas antes, descansaba una botella legendaria. Ninguno de los allí presentes estaba al tanto de si el vidrio, ahora plantado entre las piernas del muerto, ostentaba leyenda alguna, ni parecía importarles tal dato; todos miraban el cuerpo exánime tendido sobre el maderamen, atentos a la curiosa forma que ofrecía, rígido y yerto, con las manos plantadas a ambos lados de la cabeza, sobresaliendo a modo de segundo cuello. Era una botella humana cuya vida se había bebido alguien. El oficial, cansado del cadáver, sostuvo el frasco del hueco a contraluz y halló un paño arrugado ocupando la mitad de la cavidad. Había absorbido el vino completamente, con ansia moderada. El único testigo de todo está borracho e inconsciente, se lamentó el descubridor.

Un agente recién incorporado al cuerpo tropezó con el cadáver y cayó de bruces contra las tablas, justo antes de ser reprendido por todos. Los brazos se descolocaron un poco, y él mismo tuvo que devolverlos a la forma original -la de una carnosa botella tendida sobre la chapa de un gran sarcófago mohoso-. Era la hora del bocadillo, pero nadie tenía hambre. No obstante, todos los presentes miraban en ocho direcciones y escudriñaban las baldas y celdas repletas de añejos, anhelando echar cien tragos consecutivos y celebrar allí mismo que por suerte el muerto era otro y no ellos. Un pretexto validísimo para el más reacio, pero no para el oficial. Prohibía tajantemente tocar una sola botella, mientras manoseaba la legendaria y plantaba sus huellas por todo el vidrio verde intentando sacar el paño con un alambre deformado. Lo extrajo pronto, y a cada nariz llegó un tufo a sangre fresca. No sólo es vino esto rojo, reparó, y pidió a sus subalternos una superficie limpia y clara. El mismo que tropezara le ofreció sus manos en forma de cuenco, ganándose una merecida bofetada. La bóveda acústica, por extraña razón, no imitó el chasquido de mejilla azotada; incluso el eco había huido tras exhumarse el paño.

Quien tuviera una idea acerca de cómo pudo hallar la muerte aquel anciano vestido de carmesí, probablemente se equivocaba y su hipótesis era deliberadamente peregrina. El oficial se dejaba seducir por cierto embrujo milenario, sin confesarlo, si bien seguía apostando por un envenenamiento macabro. Pero aquí no hay rastro de huellas, maldecía, y justo encontró labios marcados por todo el cuello de la botella. Después le consiguieron una loseta de mármol deteriorado, plana y clara como él pedía, y sobre ella estrujó a conciencia el paño sanguinolento, que al retorcerse emitió una suerte de quejido e hizo palidecer al más atezado. En el mármol se derramó el líquido y sus salpicaduras; allí pudo verse la mezcla de vino y sangre, las dos densidades, los dos posos tan distintos. Quedó ordenado que nadie tocara la loseta hasta verse coagulada la sangre.

Entonces liaron cigarrillos y fumaron, y siguieron lamentando no poder catar las bellas fermentaciones que los acechaban. El olor a humo no impidió a la bodega recuperar su atmósfera de vino rancio. En el mármol -ya de color rosa, desvaído- se fueron quedando pedazos de sangre sólida, dispuestos de una forma caprichosa y nada casual, que vistos desde una perspectiva -concretamente la que adoptaba el oficial al contemplarlos- componían con terrorífica imprudencia la pequeña y deteriorada figura de un anciano, sin signos de vida, encorvado y retorcido, como presa de un dolor intolerable.

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