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¡Qué tiempos aquellos del dardo en la palabra de los que nos hablaba Lázaro Carreter! Y me expreso en términos de añoranza no porque haya desaparecido dicho fenómeno de ninguneo lingüístico -que de hecho persiste con mayor ferocidad- sino porque hoy en día ya no supone una práctica aislada; ahora también está de moda ignorar directamente la palabra escrita, mantenerla presa bajo las tapas de pasta que hacen las veces de celda. Sí, leen menos que nuestros congéneres de la edad pétrea.

Y no mire hacia otro lado ahora que ha emprendido la lectura de este texto, como si la cosa no fuera con usted. Ha de saber, siendo sincero, que catar las delicias gráficas de esta argumentación no va a catapultarle a la dimensión de los lectores asiduos si hasta ahora pertenecía al bando contrario -que se haya masificado y felizmente poblado por los detractores de la pluma-, pero al menos le servirá de guía hacia ella. Vamos, no sea tímido. No pierde nada por probar, nunca lo sabrá nadie mientras usted sepa guardar el secreto, aunque si algún día se enteran los miembros de su congregación anti-lectora, dese por muerto o exiliado. Ellos no quieren traidores entre sus filas, pero nosotros, que hemos leído sobre la condición del alma y sus miserias y vivimos del arrepentimiento ajeno, sabemos comprender tanto nuestras posturas como las suyas. La inquietud humana es vegetal un día y gregaria al siguiente. Si ya ha llegado a este punto, mis más sentidos pésames por su pasado y efusivas felicitaciones por su futuro. Acaba de pisar el camino que le conducirá a un maravilloso paraje.


En la sociedad ultramoderna del siglo en vigor, leer un libro está tan mal visto como acuchillar una res en la cultura de Yahvé, si bien allí acarrea la muerte y aquí ser torturado y calificado de rata de biblioteca, lo que es bastante peor. Ha de saber que si lee, sólo emulará a esos mugrientos roedores cuando olisquee entre algunos de los libros que versan sobre el detritus de la raza, tema del que tantísimos autores han hablado desde que aprovecháramos la prensilidad del pulgar para enarbolar instrumentos de escritura. Quizá se sienta sucio, sí, pero entonces notará grandes ansias de sumergirse en otros mundos más amables y almibarados. Puede comenzar cautelosamente con pseudo-universos lingüísticos como el del best-seller, si bien no debe cometer el error de presumir de ello, pues lectores verdaderos y no lectores lo consideran un ejercicio deleznable. Úselo para acostumbrarse al fluir de las letras, para habituarse al ritual de acudir a la lectura antes de acostarse o simplemente para concebir la mesilla de noche como el lugar idóneo para acomodarlo. Introdúzcalo en su cartera o mochila y paséelo, sienta su peso, pero si le preguntan qué lleva, jamás diga la verdad; las respuestas han de ser “nada”, “otro objeto” o “el último de García Márquez”, por ejemplo, siempre dependiendo de quién le interrogue. Empezar de este modo es sencillo y peligroso. Ahora bien, no tenga la desfachatez de llamar libro a eso que sujeta ni de autoproclamarse lector; cuando entre en nuestro cosmos entenderá por qué.

Un libro de verdad jamás le entregará sus secretos tan hartamente masticados y refritos; es un ejercicio de asimilación y comprensión. Si no lo entiende, tranquilo, suele pasar. Los libros son como las medicinas, no afectan por igual a todo el mundo. La magia reside en su capacidad evocadora y de absorción mental, en la facilidad con la que nos puede enviar a un lugar lejano o a otro inexistente de tintes hiperrealistas. Esta positiva y plausible enajenación supone un excelente modo de quitar la herrumbre a nuestros anquilosados intelectos, tan avezados a la ley del mínimo esfuerzo, una digna escapatoria hacia los deliciosos lares de la memoria, que en ocasiones se tornan dolorosos e insoportables. Es cierto, los libros son armas de doble filo; tan pronto nos lanzan del tenue enamoramiento al paroxismo emocional como remueven lo más sórdido del pasado y nos hacen naufragar. Hay que tener valor para afrontar el reto, pero no se eche atrás por esto; vale la pena. Usted mismo me dará la razón cuando, al terminar una gran obra, la apoye conmovido sobre el pecho y lamente mirando al vacío su corta extensión, pues incluso mil páginas pueden parecer diez -y viceversa-.

Quien lee repite, y quien se limita a la experiencia única adolece de calidad de ser racional. Tamaña falta de anhelo intelectual nos aproxima al mundo de los anfibios, insectos y demás entes mediocres en cuanto a propósitos espirituales. Es peor leer solamente una vez que no leer jamás. Cuando usted se sumerja en alguna historia y pase las páginas obnubilado, odiará a su jefe, a la televisión, al fútbol y a su rutina por haberle sustraído tantas horas de lectura. No tema, hay tiempo para todo. Nunca es tarde para empezar a contrarrestar la desertización cognitiva. Y, por supuesto, en ningún momento se avergüence de esta loable afición. Si supera el miedo a ser descubierto con un ejemplar de El Quijote o La colmena entre las manos, inmediatamente hallará un nuevo placer o pasatiempo: convencer a esos aburridos para que derroten al hastío mediante la literatura y el ensayo.

Ahora le dejo solo, pero tranquilo, es fácil no salirse del camino si uno así lo quiere. Coja un libro, léalo, paladéelo y reincida como si fuera un delito emocionante. Y mime la palabra. No más dardos ni botellazos, por favor.

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