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Hay dos cosas que no soporto en este mundo: las espirales y el ruido de la aspiradora. Supongo que si ambas confluyeran en algún momento de mi vida -una espiral que al girar produjera ese odioso estruendo-, me vería forzado a ponerle fin en caso de que no lo decidiera ella por cuenta propia, porque muchas vidas poseen un oscuro mecanismo de aniquilación que puede activarse de manera insospechada y sin consultarlo con el dueño. Dicen que la combustión espontánea surge de ahí; son vidas con la calidad de un fósforo y tendencia a arrimarse a la lumbre equivocada, y esto no se refiere sólo a lo físico, pues los peores detonantes cuelgan como una guillotina en cada mente. No se puede agitar un cóctel mal elaborado, porque el resultado nunca será bueno. Volviendo a las espirales, una vez me contó un vendedor de electrodomésticos que esta malformación geométrica no surgió de la propia naturaleza como siempre se había comentado -denigró con descaro la perfección de los huracanes y remolinos acuáticos-, sino que el ser humano la fue generando de modo absurdo por su manía a simplificar lo que veía. Es decir, por ejemplo, que ante una deliberada disposición de círculos concéntricos, el hombre tendía a unirlos inconscientemente; a partir de esa base, a multitud de teóricos se les empezó a llenar la boca con la expresión “la vida es una espiral sin sentido“, pero curiosamente a ninguno de ellos se le ocurrió buscárselo. Tanto me intrigó la teoría del vendedor que sentí la perentoria necesidad de preguntarle por sus odios más acérrimos, aquello que le desquiciaba proverbialmente. Él, al oír la cuestión, se atusó el cuello de la camisa y contestó muy envalentonado que la única cosa que no lograba soportar era una calabaza flotando en un río -al parecer toleraba la suspensión en cualquier otra masa de agua-. Quise indagar en esa rara fobia, pero él empezó a impacientarse y a insistir en si pensaba comprar o no la aspiradora por la que había preguntado. Sus pocos modales, junto con la envidia rabiosa que me provocara tan poco corriente aversión, hicieron que perdiera los papeles y terminé arrojándole el aspirador a la cabeza hecho un basilisco, justo antes de salir como una flecha por la puerta automática del establecimiento. Después me sentí bastante mal y acabé en un bar próximo tomándome un chato de vino para aplacar la culpabilidad, mientras maldecía en voz baja que pudiera decirse tanto aspirador como aspiradora -la ausencia de un género concreto era la tercera cosa que más podía aborrecer-. Al rato entraron dos personas comentando la agresión que había tenido lugar en la tienda de menaje del hogar contigua; que si el dependiente sin sentido, un lunático de dos metros, que al huir había intentado tocar a unos niños… Me alegró que la descripción no encajara conmigo, pero sobre todo disfruté oyendo de sus bocas las primeras declaraciones del impertinente vendedor, quien nada más recuperar la consciencia aseguró haber visto espirales girando en el vacío. Apuré los posos del vino y me fui sin pagar, satisfecho de la doble tropelía, aunque algo asqueado porque los testigos tenían pinta de hermafroditas muy poco concretos. Como hacía sol me pareció apropiado ir caminando a casa y evitar la sauna móvil que era el autobús ya desde temprana primavera, pero esa decisión, a priori inocua, me condujo a un fatal hallazgo; cuando avanzaba en dirección al centro, observé que en el riachuelo paralelo a la carretera flotaba inerte una pequeña calabaza naranja de vetas verdes. Enseguida me acordé del vendedor contuso, y en pleno acceso de compasión descendí hasta a la orilla para cogerla en brazos cual vulgar Moisés, por si al pobre se le ocurriera pasar por allí y encontrarse con la cucurbitácea perdida. No tardé mucho en arrepentirme; la hortaliza pesaba como si estuviera llena de plomo y despedía un hedor a cieno repugnante, además de empaparme la camisa de agua sucia. En cuanto llegué a casa la solté -sin saber por qué demonios no me había deshecho de ella por el camino- con tan mala suerte que resbaló desde la mesa de la cocina y cayó al suelo estallando en incontables pedazos de color ámbar. Estaba seca y medio podrida. Me puse nervioso a causa del estropicio y busqué la escoba, sin éxito, lo que me obligó a recurrir a la aspiradora para eliminar los restos de aquella masacre vegetal, sin que pudiera recordar tampoco de dónde había salido tan abominable artefacto. La conjura de su estruendo y los efluviuos casi venenosos de la calabaza me reportaron unas náuseas incontrolables, tanto que acabé por inclinarme sobre el inodoro a vomitar con el dinamismo de un bulímico experimentado, sin aspavientos. En el agua se formó una película granate a causa del vino del arrepentimiento, y aunque no me asqueó ni molestó acabé pulsando el botón de la cadena para dar buena cuenta de ella. El líquido comenzó a girar violentamente hasta convertirse en una espiral perfecta, mareante, horrorosa, casi tanto como el rugido de la cisterna, de súbito terriblemente parecido al del aspirador -u aspiradora-. Entendí entonces que aquel era el preciso y concretísimo instante previo a mi fin, y todo se volvió de color naranja intenso. Cuando me desperté estaba tendido sobre el suelo de un gran almacén de electrodomésticos, rodeado de tostadoras, exprimidores de cítricos, planchas de pelo y depiladoras, a los pies de dos hermafroditas que me miraban consternados, como si un gigante acabara de golpearme con todas sus fuerzas.
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