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Despuntaba el lunes, pero el sol aun demoraba su aparición. Ni un alma se aventuraba a salir todavía. Él se desplazaba con pesado caminar, aunque firme y constante, mirando el lugar exacto donde detenerse y poner fin a su cometido. Llegó, y clavó los talones sobre la nada. La mezcla de brisa y estrellas fugaces invitaba al sosiego, a paladear por un instante la tranquilidad. El reloj, con sus insolentes chasquidos, le arrebataba tal placer. Los más impacientes se acodaban en las repisas, blandiendo el desayuno, frunciendo el ceño para intentar verle. Les resultaba imposible, sólo sabían que por allí andaba. Era temprano para los niños, los únicos capaces de deslindarle de las sombras. En su interior, le entristecía ser tan invisible. Resignado, desató el cordoncillo dorado del pesado bulto que portaba, y éste empezó a crujir. Como quien extiende una alfombra, tiró de un extremo haciendo volar el otro, con un certero movimiento. Una lengua oscurísima se proyectó desde sus manos hacia el horizonte, y suavemente se depositó. El ligerísimo temblor avisó a los madrugadores, que corrieron a por sus enseres. Dio media vuelta, satisfecho, mientras la gente se precipitaba sobre la calle que acababa de poner.

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