Caricias letales

Pertenezco a esa generación que dejó de descubrir el mundo mediante las guerras y empezó a hacerlo a través del libre comercio internacional. Los de mi quinta compartíamos un juego infantil que consistía en darle la vuelta a los juguetes o las camisetas para averiguar el origen del producto en cuestión, casi siempre de latitudes remotas. Así supimos de la existencia de China, que no tardamos en proclamar proveedora madre de las cosas que poseíamos, o que encontrábamos al alcance de nuestra corta estatura aun sin ser propias. Tampoco nos llevó mucho asimilar sus importaciones hasta normalizarlas como un efecto cotidiano, de tal manera que todo cuanto proviniera de otro país se convertía automáticamente en una rareza, un tesoro casi. El juego, lejos de perder emoción por la hegemonía del gigante asiático, se volvió aún más excitante. Así, en el recreo, exhibíamos con orgullo los juguetes importados desde lugares menos convencionales, y eso que ni nos figurábamos dónde estaba China. Tampoco llegamos a ubicar Vietnam, cuyos bienes costaba más localizar, pero por fortuna descubrimos la nación mediante éstos y no por el conflicto bélico que sí conoció la generación precedente. Poco a poco fueron llegándonos objetos de allí, con ese exotismo superior al de los chinos, lo que nos llevó a asumir que eran los vietnamitas quienes fabricaban nuestra realidad, o quienes lo hacían con mayor esmero. Todo lo que no mostrara una etiqueta o inscripción revelando su procedencia, era sospechoso de haber sido manufacturado allí -o eso venían a expresas nuestras fantasías-.

Ahora, ya en la senda que lleva a la edad adulta, nos relacionamos con los productos asiáticos a través de esa misma naturalidad, pero con un entusiasmo algo desvaído o convertido en puro capricho. Y lo que es peor, manteniendo la inconsciencia hacia cómo llegan estos bienes a nuestro poder y quiénes son los que realmente se encargan de cada paso del proceso. Seguimos asumiendo que allí, en el lejano oriente, no se dedican a otra cosa, y que a la sazón son felices haciéndolo. Por eso, cuando nos topamos con una noticia contradictoria al respecto, nos llevamos las manos a la cabeza -o a la conciencia-. De tal modo nos choca que 300 trabajadores vietnamitas (ésos que fabrican artilugios de tecnología punta con manzanas en el lomo) se encaramaran a lo alto de su fábrica y amenazaran con un suicidio masivo si el patrón no les concedía una indemnización pactada. Habían preferido ser despedidos con su correspondiente compensación antes que seguir trabajando así, con un sueldo y un horario de mierda que no les quisieron subir y reducir, respectivamente. El conflicto provenía, en efecto, de unas pésimas condiciones laborales instaladas en el marco de la esclavitud, que sin embargo no lo están a posteriori en los móviles y tabletas que acariciamos como si fueran clítoris o animales muertos, sujetos a una esclavitud bien distinta. Lo peor, con diferencia, es que en sus contratos leoninos se incluía una cláusula de acuerdo a la cual les quedaba terminantemente prohibido suicidarse (durante su jornada laboral, entendemos). Aun así, el año pasado se quitaron la vida 14 trabajadores de dicha compañía, que fabrica por cuatro perras lo que luego compramos por cuatro jaurías. El paso intermedio, donde se generan los beneficios, es aquél del que nunca tuvimos constancia durante la niñez. De haberla tenido, las pesadillas nos habrían acompañado cada noche, hasta hoy. Para otros, es estar despierto lo que constituye la verdadera pesadilla. Asco de mundo.

Año bisiesto

2012 es un año par y bisiesto, lo cual suena a que es capaz de convertirse en cualquier cosa. Podría devenir en lo más impensable, incluso un año distinto al que preveíamos. Puede acabar siendo bueno o malo, o un poco de cada, según el día. Puede ser una taza con el asa rota, una persiana translúcida, un toro a contrapie, un ábaco sin cuentas. O puede ser una soga elástica, un pescado sin espinas, un túnel descapotado, un alfabeto sin haches. O tal vez sea una escalera sin balaustrada, una cuchara soluble, un mirador a la nada, una llave plagada de caries. O, en cambio, un dado de seises, un lobo vegetariano, un alma gemela portátil, un barranco acolchado. También podría acabar siendo una aguja tuerta, un candelabro manco, una obsesión congénita, un acueducto convexo. O, quizás, una mirada con subtítulos, una tos caramelizada, un espejo transitable, una meta en el rellano. No descarten que sea un alféizar de hielo, un pabilo humedecido, una promesa ambigua, una lágrima abrasiva, pero tampoco un orgasmo prorrogable, un trabalenguas de dos sílabas, un laberinto de cartón pluma, una primavera sin polen. Dependerá de nosotros que se convierta en un felpudo encenagado, en una clepsidra obstruída, en un intérprete amnésico, en una garganta helicoidal, al igual que en una ventisca algodonada, en un despertador analgésico, en una puesta de sol de bolsillo, en un talento hipodérmico. No lo transformen en un oráculo disléxico, ni en una esperanza estéril, ni en un cartílago rígido, ni en un arcoíris en escala de grises, ni en una angustia impermeable. Esfuércense por hacer de él una hipérbole benigna, una abeja sin aguijón, un insomnio evanescente, una baraja de ases, un porvenir a la vuelta de la esquina. Hagan lo que esté en su mano para que, en cualquier caso, se convierta en algo y no sea una triste sucesión de días o de páginas del calendario. Aprovéchenlo, en fin. Feliz año, a quien se lo merezca. 


Conciencia cierta

Para mí, soñar no es otra cosa que el modo de ponerme en contacto con mi yo onírico. Éste es un ente totalmente desprendido de mi identidad tangible, del yo a secas. Deberíamos ser una copia el uno del otro, pero no es así, o al menos no en lo que se refiere al aspecto, pues en ese punto sí somos como dos gotas de tinta. Él manda en su mundo y yo en el mío, si bien los intercambios e interferencias entre uno y otro son constantes. Si yo sueño para poder comunicarnos, él participa en mi vida consciente bajo formas recurrentes que he de interpretar. A veces es ese pálpito que me impide volver a casa por el mismo camino de siempre, o esa aura que se instala en los ojos como preludio de la migrañas, o el pitido infrasónico que alcanzo a distinguir del silencio cuando éste tiene a bien manifestarse, pero que no siempre consigo descifrar. Nos llevamos bien, a pesar de la envidia benigna que sentimos el uno por el otro. Yo quisiera tener su convicción, su arrojo, conocer los métodos que emplea para sobrevivir en un mundo donde todo es posible, e incluso quisiera poder habitar allí una vez al menos. Todo cuanto sé de sus anhelos es que él desearía ser yo, la parte corpórea, pero ignoro los matices. Aunque la relación es cordial, si es que pudiera uno llevarse mal consigo mismo, existe un tema tabú entre nosotros, que es el de cambiarnos los papeles, temporal o permanentemente. Pienso, por otra parte, que más que por pudor es porque no sabemos cómo se hace, y ninguno queremos reconocerlo -el orgullo intelectual es un bien compartido, visto así-. Esa propuesta, en fin, no apunta a ser planteada nunca, lo cual me alivia en parte. No alcanzo a saber si sabría desenvolverme en la dimensión onírica, en el anverso intangible de la realidad -he aquí la convicción de la que carezco-, o quizá lo que no sepa es si me gustaría tanto como creo, y de ahí la inseguridad. Y me da miedo además darle acceso a éste, mi mundo, y que le apasione hasta tal punto que se niegue a devolvérmelo (por alguna razón, asumo que es más fuerte, más poderoso y más listo que yo). Pienso que el yo de los sueños no es otra cosa que mi conciencia, la vocecita que aporta ese punto de sensatez que generalmente evita males mayores, y que debido a eso lo considero un ser magnánimo, omnipotente, como el demiurgo que ha de sembrar orden en mis campos cognitivos. La conciencia tiene un poder similar al de la fiebre: nos hace sentirnos vulnerables, pero a la vez reconfortados en la medida que dejamos de sentirnos solos durante el tiempo que la percibimos.  Hace las veces de antídoto de la soledad, en fin. El caso es que me fío de ella, o de él, o de mí, cielos, porque allí, en los sueños, siempre se las arregla para convencerme de todo aquello que en la vigilia califico de increíble. Puede ser que no quiera sacarlo de su mundo porque, de saber hacerlo, probablemente acabaría con ambos. Y la mente, sin su oasis, su campo de juegos, su columpio, acaba por dejar de respirar. No vale la pena. Buenas noches, insomnio.

Lubricación demográfica

Desde que Madrid se ha vuelto del todo intransitable, mis brotes de misantropía han sufrido una suerte de mitosis. Allí donde pongo el ojo, pongo un dardo de rencor que se clava sin preámbulos en cualquier transeúnte, cuya única culpa es la de ocupar un espacio que yo preferiría ver vacío. Tengo la sensación de que la gente deambula por los accidentes urbanos como si les pertenecieran, en base a lo cual me pregunto dónde debería ir uno si quisiera comprarse una acera, un alcorque o una cornisa. A día de hoy, no he descartado que esto sea legalmente viable, al menos no con una cantidad suficiente de dinero, que es el lubricante de la maquinaria administrativa. No sé si esto es consecuencia de esas partidas de Monopoly que se nos iban de las manos, o de la euforia especulativa que aún persiste en forma de resaca, con sus dolores de cabeza y sus náuseas. Por eso hay plazas que parecen vómitos. Comoquiera que deba hacerse, dudo horrores que esta posibilidad esté al alcance de quienes pisamos las zonas públicas con asiduidad. Al igual que sucede con los caprichos, sólo podrían agenciárselas quienes nunca harían uso de ellas -esos mismos que promueven los peajes y el transporte público desde un coche oficial con asientos de cuero-. Pero oiga, no pierda la esperanza de comprarse una parcelita de acera en alguna calle poco conocida, para pasear por ella sin agobios y con cara de ‘aquí no me tose ni Dios’. Lo suyo sería adquirir una en pleno centro, sí, pero el metro cuadrado lo pondrían por las nubes, como los pisos piloto. El modelo de negocio existe, no obstante; bastaría con cobrar una tasa por atravesar la zona peatonal en cuestión, o por dejar al perro mear en el alcorque, o por tirarse al vacío desde la cornisa. Suicidarse habiendo pagado por ello sería el colmo del derroche, dicho sea de paso. O de la excentricidad, si alguien socialmente prominente lo pusiera de moda. Eso no podría suceder con la compra de espacios comunes, pensándolo bien, pues según dicen los pagamos con nuestros impuestos, lo que viene a significar que nos pertenecen pero no podemos disponer de ellos. Lo mismo que pasa con los hijos, los fondos de inversión o el amor del prójimo. El problema de nuestra sociedad, en fin, parece ser un asunto de falsa propiedad. Se mira pero no se toca, como cuando éramos niños. El capitalismo no sería la antítesis del comunismo, visto así, sino su alter ego: nada es de nadie (pero todo cuesta un riñón). A no ser que tenga tanto dinero como para comprarse lo que no está en venta, dese por jodido. 

Atracón de superstición

A muchos de los que se nos atraganta la Navidad nos gustaría decir que es por el consumismo o los embotellamientos, porque en realidad esa indigestión tiene un detonante siniestro: las supersticiones. El caso es que pocos se atreven a reconocerlo, pues piensan que eso les arrojará a un margen de desprecio colectivo, y se pasan las fiestas quejándose, comiendo a desgana y cagándose en El Corte Inglés. A mí, en cuanto a las manifestaciones de la superstición ajena, me revientan las colas infinitas que se forman frente a las administraciones de lotería porque me cortan el paso, aunque he de reconocer que disfruto observándolas con un gesto de compasión en la conciencia. Me suele pasar que acabo cruzando la mirada con algún miembro de la fila, aterido de frío y con cara de fastidio, con quien converso brevemente mediante el vínculo visual: “qué haces ahí, si sabes que no te va a tocar”, le transmito, a lo que responde “ya lo sé, ya lo sé, pero es lo que tiene la Navidad…”. A veces me quedo ahí, fumando un cigarrillo mientras veo la cola avanzar con muy poco entusiasmo, e intentando buscar algún sentido a la forma que éstas adoptan, por lo general anárquica o amorfa. En este país nunca hemos sido muy de respetar la geometría de las cosas, o la relación geométrica entre unas y otras, mejor dicho -ahí persiste nuestra manía de usar una mesa redonda para que converse a su alrededor un puñado de gente con la cabeza cuadrada-, por lo que no me sorprende. Me entretiene ver a los supersticiosos en fila india, o hindú, yo que sé, pero a la vez me saca de quicio. Encuentro graciosos a los que mantienen la mueca de esperanza hasta llegar a la taquilla, porque no puedo dejar de imaginarme sus caras al comprobar el ridículo beneficio obtenido con los décimos, similar a la que se le queda a quien se cree la mano derecha del jefe y de pronto descubre que éste es zurdo. Pero me enerva, como digo, tanta superstición concentrada en tan poco espacio, y quizá saber que a alguno le acabará tocando una suma considerable. Lo malo de esta dicotomía bipolar -porque me deja helado por dentro y por fuera- es que acaba dando ganas de tentar a la suerte. Y si te resistes y no lo haces, acabas yéndote cabizbajo con una sensación punzante en el pecho que no se disuelve hasta febrero. Como no me siento bien ni con una cosa ni con otra, estoy buscando una alternativa salomónica para acometer el cambio de año sin remordimientos. Creo que los grandes almacenes deberían confesar ser también los creadores de la superstición, y venderla en distintas dosis y formatos, para que cada cuál elija la que le plazca. Apuesto que las protectoras de animales apoyarían esta iniciativa, con tal de que dejásemos de cortarle las patas a los mamíferos para hacernos amuletos. Yo veo un gran negocio. Bastaría con cambiarle el nombre para hacerlo funcionar. ¿No dicen los loteros que lo que venden es ilusión? Entretanto, intentaré limitarme a observar piadosamente a quienes invaden las aceras en busca de una dosis de fortuna, ya que parece ser la única vía de escape a las penurias. Tal vez ésta sea más contagiosa que la superstición y se me acabe pegando un poco de tanto arrimarme. O sean ellos quienes me sustraigan la mía propia. Mejor no hacer cábalas, que da mala suerte. Qué panorama.

Un sombra de la vacuidad

A veces basta dedicar un minuto a contemplar cualquier espacio vacío para darse cuenta de que allí mismo, donde aparentemente no hay nada, suceden toda clase de turbadores fenómenos. En su momento asumimos, después de leer El Principito, que lo esencial era invisible a los ojos, pero nunca osamos a comprobarlo de forma empírica. O sea, que hasta ahora no se nos había ocurrido olisquear la euforia, paladear la angustia o clavar la vista en un remordimiento, entre otras cosas porque sabemos que se nos dan mal las cosas físicamente imposibles. Somos una raza abierta a infinitas posibilidades, pero sobre todo a la de asignarles innumerables limitaciones. Mirar fijamente un franja aséptica de la realidad nos lleva, pues, al éxtasis, dado que nos encanta sacar conclusiones de una mera intuición. No percibimos nada, pero el instinto nos recuerda que la nada es demasiado compleja como para tenerla a una distancia tan accesible. Y lo que hay, o lo que creemos que hay, es en esencia una obsesión que se nos clava en la conciencia como una astilla metafísica -la conciencia, ese receptáculo que estrenamos hueco y que necesitamos llenar con cualquier cosa por no soportar la vacuidad en grandes dosis-. Intuir esas partículas subatómicas que copan el espacio observado, esas energías maleables que nos atraviesan sin preliminares, o quizá esas dimensiones inexpugnables, nos empuja a una felicidad plena toda vez nos consideramos los descubridores de algo. Y si algo le apasiona al ser humano, es desvirgar un hallazgo. Así es.

El secreto de la política se basa precisamente en esta fórmula; de ahí lo de no dejar ningún espacio vacío para evitar conclusiones o sospechas, solapando cada suceso agrio con otro edulcorado. Y en las esferas de poder no abunda otra cosa sino la acritud. Ocultar un hecho y dejar su correspondiente hueco al descubierto sería una negligencia de gran calibre, como besar en la boca a un caníbal. Dichas prácticas, al igual que las bolsas de basura demasiado llenas, dejan tras de sí un reguero hasta el cubo o los entresijos gubernamentales, tan pestilente como fácil de seguir. Escudriñar cada oquedad, por tanto, nos llevaría a distinguir ese rastro putrefacto y a querer seguirlo, por si al final del mismo se hallara algún hallazgo, valga la redundancia. Si en lugar de la nada aparente nos topamos con un algo, se acabó el problema. No es de extrañar que estos iluminados se esmeren en rellenar con cualquier cosa, como si se tratara de una conciencia, esos espacios que se generan al ser desalojado un cuerpo -del delito, generalmente-. El problema es que desconocen el principio de Arquímedes, y no emplean un suceso postizo del mismo volumen que el evacuado. Sería imposible, por otra parte. Aunque la turbiedad, la negrura, las lleva de serie el primero, es el segundo el que adquiere la calidad de una sombra, de una silueta. Comparte contorno o forma, pero despliega un contenido más legible y simple. O sea, que venimos de una era de penumbras y enfilamos otra de tinieblas. Nos queda el consuelo de saber que, en este mundo de sombras, debe de existir por lógica alguna fuente de luz que las proyecte. A ver quién se anima a ser el primero en encontrarla.

A golpe de verbo

¿Se imaginan que con sólo repasar los platos de un menú nos sintiésemos saciados e incluso empachados? ¿O que tras leer los compuestos de un analgésico lográsemos neutralizar la más salvaje de las cefaleas? A mí me costaría creerlo, y eso que apenas uso ya el escepticismo porque me produce un tic en el ojo, pero resulta que no es algo descabellado, sino plausible. O sea, que no sólo vendría a desdecir que el todo es la suma de las partes, también desvelaría que cuando éstas se verbalizan, superan la entidad inviolable del todo. Sabíamos que como seres humanos éramos muy sugestivos, pero no tanto. Muchos de nosotros, por ejemplo, nos asustamos si nos dicen que en la cocina hay un fantasma a punto de montar en cólera, aunque en el fondo sepamos que como mucho tenemos un paquete de fiambre oxidándose en el frigorífico. Será que la naturaleza de este hallazgo proviene esencialmente del vocabulario, de cuyo poder ya teníamos diversas nociones. A veces no hay más realidad que la que nos cuentan o nos decimos a nosotros mismos, pues por lo general la realidad no verbalizada es tan sosa o cruda que nos da reparo tragárnosla. Todo esto viene a colación de una noticia reciente sobre los capos de Abu Ghraib en la que se mencionaba de soslayo la asombrosa virtud -o defecto- de uno de ellos, por lo visto capaz de conseguir que los presos se orinaran encima con tan sólo recitarles a gritos los ingredientes de un brick de zumo. El redactor hacía hincapié en que lo lograra vociferando, como si diera por hecho que las funciones sinestésicas de los reclusos nunca habrían podido ponerse en marcha de haber empleado un tono de voz normal. Si ustedes son escépticos, dirán que sus vejigas se aflojaban por el miedo y la tensión endémica de ese lugar de pesadilla, que se habrían meado igual de haberles enunciado a capella una estrofa de Góngora o Salinas, por ejemplo, siempre que hubiera sido con suficientes decibelios. Pero tal vez no sepan que el potencial de las palabras reside en los lexemas y morfemas, en las connotaciones y denotaciones, incluso en las geminaciones y anástrofes (porque el orden de los factores no altera el producto, ya saben), y no en el volumen con que se pronuncian. Y tampoco sabrán que a los presos de Abu Ghraib les quitan todas las pertenencias al entrar en el recinto, incluyendo el miedo y el pavor, y que al salir -a los que logran salir, mejor dicho- les permiten recuperar esos efectos personales, a excepción de la dignidad, que se diluye al poco de empezar el tratamiento de torturas. O sea, que se lo hacían en los pantalones por haber escuchado demasiado zumo, y no hay más. El caso es que a este caballero -lo digo por la brutalidad medieval de sus métodos- lo han cazado y procesado, y por amor a la palabra, que indudablemente es lo suyo, le ha dado por relatar los pormenores del día a día en aquella parcela del infierno iraquí. Y así han salido a la luz tan asombrosos descubrimientos, que les ruego no prueben en casa si no es con la supervisión de un verdugo. Si aun así se sienten tentados por comprobar su efectividad, léanle la constitución al político que prefieran, palabra por palabra, a ver si por casualidad empieza a respetarla, o cántenle meticulosamente la receta de fabada de su abuela, y que reviente. No sabemos cuánto le caerá al carcelero, ni si la cifra tendrá dos, tres o cuatro dígitos, pero es fácil imaginarse que, si el juez le enuncia uno por uno los años que se va a pasar al sol -no hay sombra en el desierto-, la condena le va a resultar una eternidad insoportable incluso antes de empezar a cumplirla.

Perdón por la sangre

En tiempos duros, como dice Millás, conviene permanecer atento a las noticias débiles. Personalmente, prefiero saltarme las primeras planas -que más que dureza destilan atrocidad- para fijarme en los sucesos periféricos del día a día. Éstos ocupan las páginas más recónditas del periódico (son al mismo lo que el armario de las escobas a una vivienda) a pesar de ofrecernos una muestra de la realidad mucho más significativa y elocuente que la arrojada por los grandes titulares. Las noticias débiles, contra pronóstico, resultan ser las más salvajes. Pero la suya es una dureza epidérmica, a la que sólo se llega a través del análisis o la empatía. Recalé el otro día, por ejemplo, en la crónica de un suceso digno de un cortometraje de absoluto terror: dos ancianas incapaces de valerse por sí mismas habían quedado confinadas en su propia casa toda vez que el cuidador, también mayor pero no tanto, se había visto sorprendido por su propia muerte. El lector medio, al reparar en el término ‘muerte’ en este tipo de redacciones, categoriza automáticamente la noticia y la digiere con inercia, pues está tan acostumbrado a las defunciones que ya las asimila sin distinción alguna, como si fuesen un asunto genérico, unívoco. Y lo que es peor, como un hecho aislado, cuando en realidad suelen estar cargados de matices colaterales. Pero hurgando un poco más en los entresijos del texto, en las consecuencias detonadas por el deceso, uno alcanza fácilmente el estadio de la aprensión y saca sus propias conclusiones. El caso es que las mujeres hubieron de permanecer cerca de dos días atrapadas en la vivienda, sin poder moverse por carecer de motricidad suficiente y por ende privadas de la posibilidad de alimentarse o dar rienda suelta a sus necesidades (si consiguieron tenerlas, claro). Llegado este punto, yo no puedo dejar de ponerme en la arrugada piel de una de las ancianas, o de las dos, y recomponer mentalmente la situación. Intento imaginar qué habría hecho yo, cómo habría reaccionado, pero me es casi imposible; la vejez es aún un asunto impenetrable para mí, y más todavía en una tesitura de ese calibre. Así que sólo me queda hacerme preguntas más inquisitivas que macabras, aunque cargadas de sana curiosidad. ¿Qué les pasaría por la cabeza al hacerse cargo de la extinción de su único nexo con el mundo, con la vida? ¿Cómo debió de evolucionar su percepción de la situación con el paso del tiempo, según llevaban 20, 30, 40 horas, expuestas al cadáver? ¿A qué altura del primer día, o del segundo, se dieron por perdidas, si es que hicieron lo propio con la esperanza? Trato de hacerme cargo de una coyuntura así, y me afloran decenas de cuestiones que desearía formularles a las ancianas. Las primeras son recurrentes, pero me van asaltando otras más escalofriantes, asombrosas. ¿De qué hablarían entre ellas? ¿Guardaron quizá un silencio sepulcral, a modo de velatorio, dado que no había nada que decirse? ¿Cómo se sentirían al intentar barajar opciones y darse cuenta, frustradas, de que la única posible era mantener la postración y esperar alguna suerte de milagro? ¿Se atrevieron, tal vez, a cargarse de fuerzas para tratar de alcanzar el teléfono, el rellano u otra salvación? ¿O decidieron tácitamente, por qué no, someterse a los acontecimientos, por haberse preparado ya para una debacle similar? Estoy convencido de que cualquiera redactaría una entrevista espeluznante con sus declaraciones. O una novela, incluso. No sé si me atrevería a plantearles otra clase de dudas que con seguridad me rondarían la mente de tener la oportunidad de interrogarlas. Pero las expondré aquí, al menos. ¿Cuándo asumieron que la última imagen que verían sería, paradójicamente, la de los estragos de la muerte? ¿Llegaron a pensar que todo había sido un error de cálculo por su parte? ¿Se plantearon, en algún momento, que el alimento más accesible era, precisamente, el cuerpo de su cuidador?

Todo son preguntas. Reconozco, no obstante, que estoy formulando hipótesis sin atender a una obviedad: es mucho suponer que estas mujeres, decrépitas e inválidas, conservasen sin embargo intactas su facultades mentales. Pudo ser que un estado de alienación, de los que suelen acompañar a las disfunciones somáticas, les impidiera comprender la cruda realidad. No descarto que apenas se enterasen de lo que sucedía. Quiero creer que así fue.

Lo que extraigo de este pequeño suceso, en fin, es la manifiesta paradoja, que aunque pequeña y sutil es aplicable a un formato más grande, más global, como una muestra representativa de un sistema descomunal que nos concierne a todos. Me doy cuenta de que aquello que mantenía a las mujeres al margen del mundo, lo que nosotros catalogamos como desgracia, fue lo mismo que les evitó un sufrimiento inhumano, un brutal sentimiento de indefensión. Y es que hasta el más insignificante episodio de nuestras vidas dispone de una doble lectura, de un doble filo. Por eso evitamos analizarlos y manosearlos, porque, en cualquier caso, nos acabamos cortando. Perdón por la sangre.

Vivir en los propósitos

No hará mucho, en un autobús medio vacío, le oí decir a un señor que no se nos debería juzgar por los actos que cometemos, sino por los que consideramos llevar a cabo y nunca fructificamos. Por lo potencial, vamos, que es como referirse a la nada. Este caballero, que parecía subsistir a base de propósitos, alardeó durante todo el camino de que, según este sistema de méritos, ya debería haber sido recompensado por decenas de ideas que rumió pero no materializó. Yo le escuchaba con absoluta neutralidad, como si fuera una taza de café dando vueltas en el microondas, pero ésta fue degenerando progresivamente en un desprecio inflamable, casi sulfúrico. Aunque me costaba alinearme con su opinión, lo cierto es que resultaba peligrosamente persuasivo, tanto que al apearme, en un acto reflejo, me sentí expuesto a ser detenido por agresión. Ese tortazo potencial que quise darle habría sido, a su criterio, un ejercicio ilegal tan grave como un tortazo real, si no peor. Pero ningún agente de la autoridad acudió a arrestarme, ni fui recriminado por violento. Aun así, me asusté en segunda instancia por la permeabilidad que demostrara hacia sus teorías absurdas, cuando hasta el momento casi todos los desvaríos ajenos me habían resultado inocuos. Si bien las angustias repentinas, como los picores cutáneos, se acaban disolviendo solas, aquella asimilación involuntaria me sedujo por una vía desconocida, llevándome de la ansiedad al goce de un modo igualmente inédito. Di media vuelta en dirección a casa, abandonando todos los asuntos que me habían llevado al centro, y caminé cometiendo toda clase de delitos potenciales, sometido a esa excitación fluctuante que proporciona la adrenalina a oleadas. En un trecho ridículo, urbanísticamente hablando, apenas dejé escaparates sin romper, viviendas sin allanar, coches sin forzar, ancianas sin atracar o controladores de aparcamiento sin zarandear. Mostraba siempre una expresión de indiferencia que no dejaba entrever las atrocidades que bullían en mi mente a velocidad de crucero. Si coincidía en la acera con las fuerzas del orden, disimulaba sonriéndoles o con otros mecanismos corporales de confianza ante los que ellos igualmente claudicaban. Medité incluso si volar o no del todo la estructura moral de las decisiones reales, pero la aniquilación de la integridad humana, aunque fuera potencialmente, me resultaba del todo inasumible. Poco después, ya en el barrio, deduje horrorizado que la duda en sí albergaba una despiadada potencialidad, y que por tanto mi lista virtual de delitos de sangre había quedado inaugurada de un modo apoteósico. Mareado por una náusea de culpabilidad que se iba enquistando en la conciencia a cada paso, me las arreglé para llegar al portal y subir las escaleras sin perder el equilibrio. La rutina de entrar a casa me tranquilizó lo suficiente para apaciguar el temblor general y la lividez que llevaba adherida al rostro, como una horripilante máscara de teatro japonés. Así con todo, saludé a mi mujer y me encerré en el baño, donde recurrí a un ansiolítico de los suyos. Ella, que me conoce bien, debió de olerse la tostada enseguida, porque un instante después ya se hallaba en el rellano gritando a pleno pulmón que vivía con un asesino, y que socorro, auxilio y un largo etcétera. Yo, por mi parte, le pedí enseguida el divorcio y salté a través del ventanuco del patio interior. Lo primero fue sólo potencialmente, que cualquiera se atreve a ello de verdad.

Afilando la inexistencia

La infancia es una etapa muy proclive a albergar los sucesos más dichosos de uno, pero del mismo modo es un receptáculo ideal para los episodios de pavor que con mayor dureza nos marcan. Echar la vista atrás supone un ejercicio de nostalgia al que recurrimos para no reconocer que el presente nos gana la partida sistemáticamente. Lo malo es que al fijar la memoria en la edad infantil, que a priori siempre ensalzamos ante las vicisitudes de la adulta, encontramos algunos de estos momentos vitales que habíamos velado en defensa propia al adquirir una segunda cifra en él cómputo anual. La cosa es que aquéllos que en su día nos hicieron radicalmente felices, hoy nos parecen un despropósito, como nuestro primer insecto atrapado, el logro de comer en la mesa de los mayores o el de conseguir soportar una vacuna mirando a los ojos neutros del practicante. Cuando nos vemos incapaces de volver a encontrarle sentido a todo eso, comprendemos que nos hemos echado a perder sin ser conscientes de ello. La desazón que provoca acaba siendo una excusa para ir al psicólogo, quien nos envía de una patada al psicoanalista tras hurgar sin reparos en nuestro pasado y encontrar ese nido de traumas latentes que veníamos ignorando.

No es fácil explicar lo que de niños nos atormentó y horrorizó, porque ni nosotros mismos somos capaces de asignarle una coherencia existencial lo suficientemente sólida. Lo único que queda es el poso de la angustia que nos sacudió, sin conocer siquiera la utilidad de esa sensación. Explícale tú al especialista que a los cinco años todas las piezas se alinearon para hacerte creer que no existías, y que detectaste toda clase de complots por parte de tus allegados, bien confabulados, para fingir lo contrario sin que entendieras el por qué de tal pantomima. Intenta justificar que todo brotó de la curiosidad, cuando echaste mano de la enciclopedia de casa para buscar a tu familia más inmediata, y encontraste las palabras padre, madre, hermano y hermana, y más tarde abuelo, abuela, tío y tía, y hasta primo, prima y sobrinos. Cuéntale avergonzado que no recordabas los nombres de ninguno por usar siempre los términos genéricos, pero que sí hallaste enseguida los de tus amigos Justo, Marcial y Julio, el de tu vecina Paz, el del portero Modesto y el de su mujer Milagros, cuyo significado te llevó a ratificar que era una bruja.Confiésale que no supiste dar con el que te asignaron al nacer, que no constabas en aquel gran libro que daba fe de todo lo que existía y, por extensión, de lo que no. Atrévete a reconocerle que ignorabas la presencia de la hache en la palabra hijo, y que por eso tu búsqueda finalizó con un fracaso monumental y doloroso.

Después de una terapia así, en la que de pronto comprendes por qué terminaste siendo un delincuente precoz, convencido de que la ley no era aplicable a un ser inexistente y que todo era más divertido sin normas ni reglas, se te viene el mundo encima. Ahí la infancia deja de ser la época dorada de tu vida, el contenedor de gratos recuerdos, y te ves sin un refugio al que volver cuando el día a día se te antoja insoportable. Asumes que la credulidad de entonces te horadó el ánimo como la incredulidad ahora. No vislumbras la escapatoria.

Con el tiempo, no obstante, volvemos a ser seducidos por la ingenuidad del principio. Hartos de ver de todo, nos creemos cualquier cosa que perciban nuestros sentidos. Una vez sobrepasamos esa franja en la que tenemos más responsabilidades que derechos, la inercia del tránsito nos lleva a una vejez donde casi todo se nos consiente, al igual que cuando éramos seres en proceso de constitución. Cuando nos convertimos en entes que más bien se deconstituyen, recuperamos las licencias infantiles al tiempo que perdemos las nociones de lo que nos rodea. Si de niños acaparábamos la atención del mundo, al menos hasta que un nuevo hermano nos robaba el protagonismo, de viejos reparamos en que el mundo ya no está ahí para atendernos. Por mucho que tratamos de llamar la atención mediante todo tipo de ardides y artimañas, sin importar que entren en conflicto con la legislación vigente, seguimos en ese cruel margen de la vida donde acabamos enterrados. Entonces, viendo que las reglas nos exceptúan como al inicio de nuestros días, y que nadie se escandaliza por ello, volvemos a cuestionarnos si realmente hemos existido durante ese largo camino que se nos ha llenado de sospechas y respuestas.

Vosotros

Manejáis la ira como un sucedáneo de leves debilidades. Cubrís pendientes que discurren sobre llano, con un solícito afán de no llegar a destino alguno. Masticáis un aire que carece de densidad. Bebéis de fuentes mal drenadas, donde brotan líquenes de cartón pluma. Sofisticáis lo banal, lo eleváis como si de jade se tratara. No conocéis puertos, ignoráis los flecos más prominentes. Habéis tentado la ley de los espejos, y la de las sombras. Confiáis en un cuerpo celeste muerto. Desconocéis la caducidad de vuestras semillas. Habláis lento, pensáis con premura, consumís el tiempo con la negligencia de los neonatos. Respetáis lo inasumible. Transgredís las lindes más desgastadas. Sobreestimáis la calidad de cualquier alma. Soñáis con franjas de vida. Teméis a las entretelas de la muerte. Mentís en rincones mal iluminados, os caéis en las zanjas menos escarpadas. Os amorráis a los necios, os colgáis de los mezquinos, hacéis de los cuerdos héroes. Mamáis de ubres ponzoñosas. Segáis ignorando el barbecho. Huís de las flechas de luz, no esquiváis la penumbra enlatada. Mezcláis sin criterio los minerales más recios. Convertís en arena la angustia, transformáis en mercurio el horror. Escaláis barrancos de fiebre, os despeñáis por charcos de amor. Conseguís hilar las más vanas aspiraciones, perdéis sin remedio la noción de la soberbia. Habitáis un solsticio miserable de cadencia proscrita. Encalláis en trechos abisales. Pendéis de simples soliloquios, blandís una osadía de hiedra azul. Adoráis un arcoíris forjado en la penumbra, calmáis la sed con el sol. Consideráis al suicidio un fenómeno efervescente. Masculláis a media voz. Ahogáis el eco del estanque en un verso. Mentís. Asociáis la demencia al primer beso. No conocéis fragua alguna. Erráis al enumerar las mentiras divinas. Agotáis a las bestias del invierno. Sosegáis un esfuerzo en la cumbre del despropósito. Medís la ignorancia en lustros. Derretís las pasiones invertebradas, os asociáis a la inercia del dolor. No sois la respuesta a lo eterno. Sois sólo vosotros.

La pared como aliada

Está proliferando tanto la indiferencia que de aquí a unos años empezaremos a prescindir instintivamente de las paredes. Si alguien me lo subvencionara, sería capaz de elaborar un estudio para demostrarlo antes de que el tiempo me diera la razón. Los cierto es que los tabiques, sobre todo desde que al ladrillo español le entrara esa crisis de valores, han dejado de ser un recurso de primera necesidad. En el futuro, sólo los poseerán quienes aún conserven algún resto de pudor, o tal vez los ricos, por tener algo distinto a los mortales, que es lo que les va. Si todavía existen es porque seguimos teniendo nociones del prójimo, pero cuando éstas completen las vías de extinción en que se hallan, concebiremos los muros como un gasto tonto y nos los quitaremos de en medio. Nunca mejor dicho. Hoy en día vamos por la calle como por un pasillo, sin mirar a los lados, no por falta de sentido sino por falta de interés; de ahí que hayamos levantado paredes invisibles que nos valen tanto o más que las de cemento y hormigón. Dentro de poco las plantas de los edificios serán diáfanas y sólo habrá muros exteriores, por aquello de aislamiento térmico, pero no existirá ninguna otra barrera arquitectónica. Viviremos de un modo similar a cuando hay una catástrofe que obliga a evacuar a familias enteras, las cuales se juntan resignadas en un polideportivo municipal hasta nuevo aviso, donde desarrollan sus rutinas y privacidades con asombrosa naturalidad. Con esto deduzco que aún llevamos la impudicia en los genes, pero que sólo la sacamos cuando las circunstancias nos obligan. Al menos podemos tener la tranquilidad de que conservaremos los techos, pues sin ellos perderíamos la opción de levantar edificios -que son una conquista humana irrenunciable-, al igual que el suelo, sin el cual no podrían especular los políticos, que son muy caprichosos y cualquiera les quita un dulce. Curiosamente, ellos, que ahora ocupan sofisticados lofts en los que la pared constituye un síntoma de ignorancia o pobreza, acabarán como digo recuperándolas por la mera inercia de diferenciarse de los plebeyos.

Yo espero morirme antes de que desaparezcan las paredes, la verdad. No sabría vivir sin esa pizca de misterio diario que me otorgan los tabiques, y que en el fondo es la salsa de la vida. Será porque disfruto más con lo que intuyo que con lo que veo. En el baño, o en el dormitorio, nada me llena más que traducir la actividad que detecto al otro lado del muro, proveniente de los vecinos. No es cuestión de curiosidad, sino de experimentar esa cálida sensación de ser invisible, la cual sigue siendo mi fantasía existencial. Si pudiera asistir como espectador a sus quehaceres domésticos, dudo horrores que me suscitaran el más mínimo interés -ni siquiera los míos propios lo consiguen-. Todo esto me está recordando terriblemente al pueblecito creado por Lars Von Trier en su magnífica Dogville, donde no existían más que líneas blancas y muros de aire con los que los habitantes interactuaban como si fueran perfectamente opacos. Quiero pensar, lleno de una endeble esperanza, que la película se convertirá en profecía por haber auspiciado la supresión de las paredes, pero todo me indica que más bien lo hará por lo que concierne a la completa degradación de los valores humanos. No en vano, y recapitulando, primero tendrá que eclosionar la indiferencia para que podamos tirar abajo las barreras. Espero que así sea, puestos a elegir, porque si para cuando nos convirtamos en salvajes no tenemos nada que nos aísle a unos de otros, será el fin. Y que el tiempo me quite la razón.

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